EL PAPEL DE LA UNIVERSIDAD IBEROAMERICANA EN LA AGENDA 2030

EL PAPEL DE LA UNIVERSIDAD IBEROAMERICANA EN LA AGENDA 2030
PRESENTACIÓN
 
Convocados por la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), un colectivo amplio de profesores, profesoras y autoridades académicas procedentes de uno y otro lado del Atlántico se reunieron en Salamanca, los días 1 y 2 de febrero de 2018, para discutir el papel que debía desempeñar la Universidad en el apoyo a la difusión e implementación de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. La convocatoria se enmarcaba en los trabajos preparatorios que la SEGIB viene desplegando con diversos actores sociales en las tareas preparatorias de la XXVI Cumbre Iberoamericana prevista para noviembre de 2018, a celebrar en La Antigua, Guatemala.

La convocatoria de la Conferencia partía de tres convicciones muy centrales, que son compartibles por un amplio sector de la comunidad universitaria iberoamericana. Expresadas de forma sumaria, se podrían resumir en los siguientes tres juicios:

• En primer lugar, por su ambición y carácter comprensivo, la Agenda 2030 constituye un desafío mayúsculo de transformación para todas las sociedades, pero también brinda una oportunidad única para conseguir que gobiernos y sociedades alineen sus esfuerzos en torno a una serie de objetivos y metas, mutuamente acordadas, que resultan tan cruciales como perentorias. Los problemas económicos, sociales y ambientales a que se enfrenta el planeta son severos, pero existe la posibilidad de aunar esfuerzos para promover una dinámica nueva de progreso. No cabe, pues, desaprovechar la oportunidad que brinda la Agenda 2030 para poner en tensión las capacidades del conjunto de los actores sociales para promover un tránsito hacia estrategias de desarrollo incluyentes y sostenibles.

• En segundo lugar, si bien esa Agenda convoca a todos los actores, públicos y privados, locales, nacionales e internacionales, a ese esfuerzo de transformación, la Universidad está llamada a tener un marcado protagonismo en esa tarea. La Universidad tiene un papel clave en la promoción de la investigación e innovación que muchas de las metas de la Agenda 2030 reclaman; a la Universidad le corresponde la tarea de preparar a expertos y expertas comprometidos con el mundo al que la Agenda 2030 remite; es la Universidad la que tiene entre sus funciones formar a la sociedad y desarrollar un esfuerzo pedagógico explicando la relevancia de la tarea a la que se nos convoca; y, en fin, a la Universidad le corresponde un papel crucial en la promoción y configuración de las alianzas multi-actor que se requieren para hacer realidad los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). La Agenda 2030 no dependerá solo de lo que las universidades hagan, pero es claro que sin el concurso de la Universidad es difícil que la Agenda sea una realidad.

• En tercer lugar, se parte de la convicción de que pese a la comunidad (o cercanía) idiomática, a los lazos históricos que las vinculan, a la tradición de colaboraciones mutuas desplegadas en el tiempo y a la miríada de vínculos personales existentes, no se ha logrado todavía crear un marco suficientemente sólido de trabajo en común entre las universidades de uno y otro lado del Atlántico. Se tienen las bases para ello, asentadas en la labor del Consejo Universitario Iberoamericano (CUIB) y su estructura institucional, en el conocimiento mutuo y la confianza generada por la interacción recurrente a lo largo del tiempo, pero se requiere una idea de misión que otorgue a la colaboración un propósito de medio plazo y permita asentar experiencias alineadas en torno a propósitos compartidos que trasciendan lo puramente académico. La Agenda 2030 puede otorgar a la comunidad universitaria iberoamericana ese referente que se requiere para construir una comunidad más sólida, con visión de futuro, al servicio de las sociedades. Partiendo de estas tres convicciones, la SEGIB pidió a un grupo reducido de profesores y profesoras de universidades iberoamericanas que reflexionasen sobre cada una de las funciones básicas que la Universidad puede desplegar en relación con la Agenda 2030. A saber: i) la promoción de la investigación y la innovación; ii) la formación de grado y postgrado relacionada con la Agenda 2030; iii) la educación y sensibilización para el desarrollo; y iv) la participación activa en alianzas con otros actores sociales para hacer realidad los ODS. Los documentos fueron difundidos entre los participantes a la Conferencia en el mes de enero de 2018.

A partir de esos documentos se organizaron, en el día y medio que duró la Conferencia, sesiones paralelas de debate, con el ánimo de alentar la máxima participación y la contribución de los asistentes con sugerencias y recomendaciones. Las ideas más centrales de lo discutido en las sesiones monográficas fueron trasladadas a un debate posterior en el plenario de la Conferencia, dando lugar a animados debates, que confirmaron la oportunidad de la Conferencia y el deseo de que fuese el punto de una dinámica que debiera prolongarse en el tiempo.

Es difícil sintetizar de forma fiel la riqueza de opiniones y sugerencias que se manifestaron durante las sesiones de la Conferencia. En todo caso, de ellas se desprende una ambiciosa agenda de reformas y cambios para las universidades de Iberoamérica, que habrá de ser decantada y enriquecida en futuras reuniones a las que este proceso de diálogo entre universidades dé lugar. En opinión de los asistentes, los cambios que se precisan para que la Universidad pueda cumplir eficazmente con su papel en apoyo de la Agenda 2030 son múltiples y se despliegan en muy diversos ámbitos. Las demandas que más insistentemente se formularon, cabe agruparlas en torno a los siguientes siete ámbitos:

• Cambio en los valores. La nueva Agenda 2030 demanda una Universidad que haga suyos y se comprometa con valores que hoy resultan perentorios. Son valores centrados en la necesidad de asumir la responsabilidad compartida y diferenciada frente a problemas que afectan a un mundo mucho más integrado e inestable que en el pasado; a la necesidad de la cooperación (y no solo la competencia) entre actores y países para sumar esfuerzos en el tratamiento de los problemas compartidos; o la capacidad de anticipación ante el futuro, tratando de aminorar los riesgos a los que las sociedades actuales se enfrentan en los ámbitos ambientales, de seguridad o de progreso.

• Cambio en las competencias formativas. Si la Universidad quiere contribuir a la Agenda 2030 debe preocuparse por formar en nuevas competencias a estudiantes y cuerpo docente, dando mayor importancia a la asunción de enfoques sistémicos e interdisciplinares (más que parciales y especializados), a la preparación para el tratamiento de problemas complejos, al fomento del pensamiento crítico, a la orientación hacia la transformación y la mejora de la vida de las personas, al despliegue de una visión más estratégica, al estímulo de las actitudes y aptitudes para la colaboración con agentes diversos.

• Reformas institucionales. Es también importante que la Universidad reflexione acerca del modelo institucional hoy vigente. Lo que el momento requiere es una institución más flexible y abierta a la sociedad, apta para afrontar desafíos de largo alcance temporal, con una actitud innovadora y emprendedora, abierta al conocimiento y a la novedad. Para muchos de los asistentes, estas características que debieran estar en el centro del modelo
institucional universitario se han ido perdiendo, acuciadas como están las universidades por erigir modelos de negocio con capacidad de sostenibilidad económica, en un contexto en que el apoyo público se ha reducido.

• Promoción de la investigación. La universidad está llamada a tener un papel clave en la promoción de la investigación, en relación con una Agenda que apunta problemas para los que carecemos del conocimiento y las respuestas tecnológicas adecuadas. Pero, para impulsar esta función es importante que se revisen las prioridades en el apoyo público a la investigación relacionada con los problemas del desarrollo sostenible y se module la métrica y los procedimientos establecidos para evaluar el rendimiento investigador de los y las docentes para asegurar que los incentivos son correctos.

• Promoción de la innovación. La Agenda 2030 pretende definir nuevas bases sobre las que erigir la arquitectura social: bases en las que la inclusión social y la sostenibilidad ambiental se hagan más presentes. Para avanzar hacia esos modelos de desarrollo es necesario un mayúsculo ejercicio de innovación, no solo en el ámbito tecnológico, sino también en el ámbito social. La Universidad es un actor clave en el sistema de innovación de cualquier país, pero debe reforzar su papel como promotor de experiencias sociales innovadoras, que se conformen como pruebas piloto que puedan transferirse a la sociedad. Para cumplir este papel la Universidad debe de estimular un espíritu abierto a la novedad, a la experimentación y a la innovación.

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