En un estudio realizado en la bahía de Cispatá (Córdoba) y en la Ciénaga Grande de Santa Marta (Magdalena) se encontraron compuestos clasificados como “potencialmente cancerígenos” entre las raíces de los manglares, además de alteraciones en el color y la pigmentación natural de estos ecosistemas costeros.
Durante años, las raíces de los manglares han atrapado silenciosamente sustancias que llegan desde ríos, ciudades, embarcaciones y actividades productivas; por ello, un grupo de investigadores de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sedes Bogotá, Medellín y Caribe, y de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, se dieron a la tarea de analizar las raíces del mangle rojo (Rhizophora mangle) en dos de los ecosistemas costeros más importantes del Caribe colombiano.
Aunque estos bosques marinos son conocidos por proteger las costas, servir de refugio para peces y otras especies, y almacenar grandes cantidades de carbono, también cumplen una función menos visible: son guardianes ambientales capaces de registrar la contaminación que llega al ecosistema.
Los investigadores recolectaron muestras de raíces de mangle —aproximadamente 200 gramos por cada uno— durante las temporadas seca y lluviosa en tres puntos de la bahía de Cispatá y la Ciénaga Grande de Santa Marta.
Además midieron variables ambientales y analizaron las muestras mediante cromatografía de gases acoplada a espectrometría de masas (GC-MS), una técnica utilizada para identificar contaminantes presentes en concentraciones muy bajas.
Los resultados revelaron la presencia de hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP) y bifenilos policlorados (PCB), dos grupos de contaminantes incluidos entre los más persistentes del ambiente. Algunos de los compuestos encontrados están clasificados por organismos internacionales como “cancerígenos” o “potencialmente cancerígenos” para los seres humanos.
La mayor concentración de HAP se registró en la bahía de Cispatá durante la temporada de lluvias, con valores promedio de 180,5 nanogramos por gramo de tejido seco, cifra superior a la registrada en la Ciénaga Grande de Santa Marta para el mismo periodo. Además, cerca del 64 % de los hidrocarburos detectados correspondían a compuestos clasificados como cancerígenos o potencialmente cancerígenos.
Entre las sustancias identificadas se encontraron: benzo (a)antraceno, criseno, benzo [b]fluoranteno, benzo (k)fluoranteno y benzo (a)pireno, hidrocarburos aromáticos policíclicos evaluados durante décadas por organismos internacionales como la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC).
¿De dónde provienen estas sustancias?
Según la ingeniera ambiental Laura García Meléndez, investigadora de la UNAL Sede Medellín, los HAP suelen originarse en procesos de combustión incompleta como los incendios forestales, las quemas agrícolas, las emisiones de vehículos, el transporte marítimo y las actividades relacionadas con hidrocarburos.
Durante las lluvias, gran parte de estos contaminantes puede ser arrastrada por escorrentía desde diferentes zonas de las cuencas de ríos como el Sinú o el Magdalena hasta desembocar y acumularse en estuarios y manglares.
Los PCB tienen una historia distinta. Por su estabilidad química han sido empleados durante décadas en transformadores eléctricos, aceites industriales y materiales aislantes, y aunque numerosos países han restringido o prohibido su uso, estos contaminantes siguen presentes en el ambiente porque pueden permanecer durante décadas sin degradarse completamente.
Uno de los aspectos que más llamó la atención fue la observación de propágulos (estructuras a partir de las cuales se desarrollan nuevos mangles) con pigmentaciones inusuales. Algunos presentaban tonalidades amarillas, rojizas y naranjas, características compatibles con albinismo, una condición poco frecuente asociada con la ausencia o reducción de clorofila.
“Estas anomalías han sido identificadas por los mismos pobladores y pescadores de estas zonas, quienes nos alertaron sobre una coloración rara en los manglares, lo cual se debe a alteraciones en la clorofila, el pigmento responsable de darles color verde y permitirles funciones esenciales para su crecimiento y desarrollo”, afirma la experta García.
Aunque el estudio no demuestra una relación directa entre los contaminantes detectados y estas alteraciones, sí señala que en investigaciones previas ya se ha asociado la exposición crónica a ciertos hidrocarburos con deficiencias de clorofila, cambios fisiológicos y estrés celular en especies de manglar.
La situación tendría implicaciones para numerosas especies que dependen de los manglares, ya que en estos ecosistemas se desarrollan peces de importancia comercial como el róbalo, el pargo, la mojarra y las lisas, además de crustáceos como camarones y cangrejos, moluscos, y aves residentes y migratorias como garzas o pelícanos.
Aunque el estudio no evaluó la transferencia de contaminantes a otros organismos, investigaciones previas ya han mostrado que compuestos como los HAP y los PCB se pueden acumular en la cadena alimentaria y afectar procesos reproductivos y de desarrollo en distintas especies, muchas importantes para la pesca y el consumo humano.
Así, estos hallazgos constituyen una de las primeras líneas base sobre contaminación por HAP y PCB en tejidos de manglar del Caribe colombiano, contrastando descubrimientos de otros países como Puerto Rico —en donde se ha investigado la presencia de PCB en diferentes tejidos del manglar, aunque sin abordar específicamente los HAP— o China, en donde el desarrollo de estas investigaciones está más avanzado.
“La información permitirá fortalecer programas de monitoreo ambiental, identificar zonas prioritarias para la conservación y comprender mejor cómo responden estos ecosistemas a las presiones derivadas de las actividades humanas”, concluye la investigadora García.