El conocimiento al servicio de Colombia: así respondió la Escuela Colombiana de Ingeniería al terremoto del occidente del país

Bogotá D.C., agosto de 2026. |»Se está cumpliendo: el conocimiento al servicio de Colombia». Con esa frase resume la rectora de la Escuela Colombiana de Ingeniería Julio Garavito, Myriam Astrid Angarita Gómez, lo que ha significado para la institución movilizar a decenas de profesores, investigadores y graduados hacia las zonas golpeadas por el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el occidente colombiano el pasado 10 de agosto, con epicentro en San José del Palmar, Chocó.

La ingeniera no oculta el orgullo que le genera la respuesta de sus graduados: su compromiso, su profesionalismo y su entrega, dice, han sido el mejor reflejo de lo que la Escuela quiso sembrar en ellos. Algunos, incluso, ya han repetido viaje para seguir cumpliéndole al país, volviendo al terreno una y otra vez mientras las necesidades técnicas de las regiones lo sigan exigiendo.

Todo comenzó apenas conocida la magnitud de la tragedia. Frente a un saldo que, según los reportes de Asocapitales y la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, ya supera los 281 fallecidos, 3.971 heridos, 379 desaparecidos y más de 44.000 familias afectadas, la Escuela decidió no quedarse al margen. La institución puso a disposición de las Gobernaciones de Valle del Cauca, Risaralda, Caldas y Quindío el conocimiento de sus profesores, investigadores y graduados expertos en estructuras, geotecnia e ingeniería sísmica, con un objetivo claro: apoyar la evaluación técnica de las edificaciones y ayudar a determinar cuáles eran seguras para volver a habitarse. Ese llamado institucional no tardó en convertirse en una alianza real. Se sumaron la Asociación Colombiana de Ciudades Capitales (Asocapitales), que actuó como puente con las alcaldías y gobernaciones afectadas, y la Sociedad Colombiana de Ingenieros, que articuló el envío de profesionales a Manizales y Armenia.

A ellas se unieron aerolíneas y operadores aéreos como Latam, Clic Air, La Patrulla Aérea Colombiana y Searca, que pusieron sus aviones al servicio del traslado de los equipos técnicos. Fue una cadena de voluntades que, en cuestión de días, pasó de ser una idea para convertirse en una operación real sobre el terreno. La respuesta de los graduados fue, según cuentan desde la Escuela, inmediata y masiva. «Cuando lanzamos la convocatoria interna no esperábamos la respuesta que tuvimos. Decenas de graduados, algunos que llevan años sin pisar un salón de la Escuela, escribieron el mismo día ofreciéndose a viajar. Eso nos recordó para qué formamos ingenieros en este país», relató Diego Sánchez Fonseca, Vicerrector Administrativo de la institución.

Así nacieron las misiones: Grupos de 8, 10, 13, ingenieros que partieron desde el sábado 15 de agosto rumbo a Pereira, Manizales y en esta semana a Quindío y el norte del Valle, dentro de un despliegue conjunto que suma en total 52 expertos en estructuras, geotecnia y sísmica. Cada uno de ellos completó antes de viajar una capacitación de actualización normativa y llevó consigo una guía técnica preparada por la Escuela, pensada para unificar criterios entre ciudades y garantizar que las evaluaciones se hicieran con el mismo rigor sin importar el territorio. Su tarea, edificio por edificio, fue ponerle nombre a la incertidumbre de miles de familias que no sabían si podían volver a dormir bajo su propio techo. Días después empezaron a llegar los primeros resultados, y con ellos una noticia esperanzadora. En apenas cinco días, el equipo que se concentró en la infraestructura educativa recorrió cerca de 95 instituciones entre la zona urbana y rural de Pereira, logrando clasificar el 95 % de ellas entre habitables, con restricciones parciales o con cierre temporal.

La mayoría de los daños, coincidieron los ingenieros, fueron leves o moderados, lo que significa que la gran mayoría de los estudiantes de Pereira podrá volver pronto a las aulas. Pero quienes viajaron no solo trajeron cifras. Trajeron también las historias que se quedan pegadas a la piel del oficio: la del celador que, tras perder a su hijo en la emergencia, siguió cuidando «el colegio de los niños» porque, según decía, así como cuidaron a su hijo, él quería cuidar ese lugar. La del conductor que estuvo a punto de tanquear su carro segundo antes de que el techo de la estación de servicio se desplomara. Historias que, coinciden los ingenieros que estuvieron allí, les recordaron que detrás de cada evaluación técnica hay una comunidad esperando una respuesta humana. Este primer despliegue es apenas el comienzo de un esfuerzo que la Escuela ya proyecta sostener en el tiempo. La institución adelanta un segundo ejercicio de revisión de perfiles entre los graduados que se postularon, para definir los próximos envíos según las necesidades que sigan reportando los territorios, y reitera su invitación a los entes territoriales interesados a establecer contacto directo para articular esta colaboración.

Cincuenta y cuatro años después de su fundación, la Escuela Colombiana de Ingeniería Julio Garavito encontró en esta tragedia la oportunidad de honrar aquello que sus fundadores enseñaron desde el principio: que la grandeza de una institución se mide en los momentos más difíciles. Hoy, con sus aliados —Asocapitales, la Sociedad Colombiana de Ingenieros y las aerolíneas que han hecho posible cada vuelo— la Escuela sigue demostrando, edificio por edificio y ciudad por ciudad, que el conocimiento, cuando se pone al servicio del país, también puede salvar más que estructuras.

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