En el umbral de una nueva administración nacional para el periodo 2026–2030, la educación superior en Colombia debe continuar una reflexión que permita construir estrategias coherentes y sostenibles, capaces de responder a las transformaciones sociales, demográficas y tecnológicas que marcan nuestro tiempo. El reto consiste en garantizar que las universidades estén preparadas para afrontar un escenario cada vez más exigente y dinámico. Así que, en este sentido, desde la Universidad del Cauca planteamos dos grandes desafíos estratégicos: en primer lugar, enfrentar la caída de la matrícula y garantizar la permanencia estudiantil en un país que envejece y demanda nuevas formas de aprender; y en segundo lugar, reestructurar la formación académica frente a la revolución que supone la inteligencia artificial.
La drástica baja de la natalidad, 445.011 nacimientos en 2024, la cifra más baja registrada, equivalente a una caída del 13,7 % frente a 2023 y del 32,7 % respecto a 2015, junto con el desplome del 51,1 % en la fecundidad adolescente en la última década (DANE, 2025), plantean una doble exigencia: reformular la política pública educativa y abrir la universidad a quienes hoy demandan formación continua. El informe de la UNESCO Youth Population Trends in Latin America and the Caribbean (2022) advierte una disminución significativa de la población entre 15 y 19 años, con un impacto directo en la demanda universitaria. Aunque aún existen jóvenes por fuera del sistema, esta tendencia afecta tanto a las instituciones públicas como privadas. En este contexto, las universidades no pueden limitarse a flexibilizar los estándares de admisión: atender a estudiantes con perfiles diversos y, en muchos casos, con brechas en competencias básicas exige una inversión creciente en apoyos académicos, psicosociales y de acompañamiento.
Pero este desafío demográfico también exige repensar para quiénes somos universidad: integrar nuevos públicos es hoy una urgencia estratégica. Inspiradas en experiencias europeas como el Aula Senior de la Universidad Politécnica de Madrid o la Universidad para Mayores de la Complutense, en Colombia emergen iniciativas similares. Programas como UR Senior de la Universidad del Rosario, y propuestas de la Universidad del Quindío y de la CUN, ofrecen formación académica y espacios de inclusión para adultos mayores. Estas acciones diversifican la oferta y representan una respuesta contundente a la caída de la matrícula joven: forman parte de una apuesta por abrir la universidad a la «generación plateada», contribuyendo al bienestar, la cohesión social y la productividad en un contexto demográfico cambiante.
Hoy más que nunca, el futuro de la educación superior debe visualizar una universidad que no solo forme jóvenes, sino que incluya activamente a toda la sociedad mediante programas de formación formal y no formal a lo largo de la vida. Este giro implica repensar la misión social de la universidad, expandiendo su horizonte, generando alianzas estratégicas con sectores como salud, mercado laboral y comunidad, y reconociendo su rol en la construcción de una educación universal e inclusiva. Este enfoque se sustenta en el deber que tienen las instituciones de educación superior de promover el aprendizaje permanente como derecho y motor de desarrollo humano y equidad
El segundo gran desafío es la emergencia de la inteligencia artificial (IA) como un factor disruptivo que transforma profundamente el mundo laboral y educativo. La IA está revolucionando las competencias necesarias para el empleo y la educación en todo el mundo, impulsando una transición que exige repensar los objetivos y métodos pedagógicos. En el contexto universitario, la IA no debe entenderse como competencia de la educación, sino como una herramienta que complemente y potencie las capacidades humanas. Sin embargo, investigaciones recientes (Chan, Tsi et al., 2023) advierten que la IA no sustituirá competencias socioafectivas como la creatividad, la empatía, el pensamiento crítico ni las emociones desarrolladas en la interacción humana. Tampoco podrá desplazar el papel del docente como formador en la convivencia, la ética, la autonomía y la cooperación.
El más reciente informe de McKinsey (2023) indica que un 78 % de las organizaciones ya emplea IA en al menos una función y que un 71 % utiliza IA generativa de manera regular, lo que anticipa cambios profundos en los perfiles profesionales de la próxima década. Frente a este panorama, es urgente replantear las competencias desde un enfoque interdisciplinario y contextualizado que no solo fortalezca los conocimientos técnicos relacionados con la IA y las tecnologías digitales, sino que también incorpore elementos éticos, analíticos y de aprendizaje autónomo. La IA es capaz de ejecutar competencias cognitivas simples como la gestión de información, la síntesis o la explicación, pero no reemplaza la formación integral que construye ciudadanía y sentido de libertad. Por eso, el rol del maestro debe reorientarse: más allá de transmitir datos, su misión es acompañar procesos de socialización, participación y aprendizaje autónomo. Lo esencial, como lo recuerda la UNESCO (2023), es que el aprendizaje socioemocional, empatía, autorregulación, resiliencia, genera entornos seguros y cohesionados que la tecnología, por sí sola, no garantiza.
Así pues, el llamado al próximo gobierno es a poner la educación superior en el centro de la agenda nacional. Desde esta Universidad que camina hacia su Bicentenario, sabemos que solo con decisión política y voluntad colectiva será posible sostener la matrícula, garantizar la permanencia, abrir la universidad a nuevos públicos y afrontar los desafíos que plantea la inteligencia artificial. El futuro de Colombia depende de una universidad pública fortalecida, incluyente y transformadora, capaz de seguir honrando su vocación de ser patrimonio de todos y motor de esperanza para las próximas generaciones.