50.000 viajes al año, récord loable de los conductores de la UNAL Sede Bogotá

En la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Bogotá el servicio de transporte es de las primeras actividades en ponerse en marcha cada día. A las seis de la mañana, uno de los 54 vehículos de la Institución ya recoge a decenas de personas que inician la jornada, pequeños que van al jardín, estudiantes con destino a las aulas y funcionarios camino a su trabajo. Con el paso del tiempo, este servicio cotidiano se ha consolidado como un soporte silencioso de la permanencia y del desarrollo académico.
Pocos se detienen a pensar en quiénes hacen posible la movilización en la Ciudad Universitaria de Bogotá. Son 52 conductores que se mueven como piezas de un engranaje capaz de fortalecer la experiencia académica en la UNAL. Estos guardianes del camino, con más de 20 años de historia en la Institución, han acumulado relatos de memoria, cuidado y compromiso.“Muchos estudiantes que recogí cuando apenas cursaban su primer semestre hoy son profesores, y cuando me saludan siento orgullo porque uno también hizo parte de ese camino”, cuenta Diyier Méndez, conductor de la UNAL.

Como sus compañeros, él está convencido de que su labor trasciende lo operativo y se convierte en memoria viva de la Universidad. Buses de pasajeros, busetas, camperos, camionetas, furgones e incluso vehículos de carga integran la flota que cada día cumple una función social y académica en la Sede Bogotá. Gracias a este servicio, más de 50.000 personas al año pueden avanzar en sus objetivos. Cuando el camino se vuelve aula En la UNAL Sede Bogotá el servicio de transporte no se limita a las rutas urbanas. Cada año más de 1.000 viajes nacionales parten desde la Ciudad Universitaria hacia territorios apartados, en donde los conductores se convierten en compañeros de travesía de profesores y estudiantes.

Ellos han recorrido carreteras interminables hacia el Amazonas, han llegado hasta Punta Espada en La Guajira y han acompañado investigaciones en el Parque Nacional Chiribiquete. Son viajes de días enteros, con noches y madrugadas en que un café compartido se vuelve el mejor aliado de estos personajes.“Hay profesores que dicen que el bus es un aula de clase. Entonces se respeta, se mantiene limpio y lo que ocurre ahí también forma parte del aprendizaje”, relata Diyer. Esa aula rodante no tiene paredes, pero atesora conversaciones que marcan a los pasajeros.

En las salidas de campo los buses se transforman en salones de discusión, laboratorios improvisados, y muchas veces en refugio de descanso tras largas caminatas. Cada salida comienza mucho antes de que el motor arranque. A la Sección de Transporte llegan miles de solicitudes cada año. Más de 7.000 para recorridos locales y alrededor de 1.000 viajes nacionales hablan de un engranaje que sostiene y proyecta a la Universidad hacia distintos territorios del país. Cada salida es prueba de que, sin estos recorridos, muchas clases, salidas de campo e investigaciones no serían posibles. “El transporte es esencial para la permanencia académica, pero también es memoria. Hemos visto cómo estudiantes que viajaban con nosotros hoy regresan como profesores; eso demuestra que este servicio no es solo un apoyo logístico, sino parte de la historia viva de la Universidad”, señala William Puerto, jefe de la Sección de Transporte de la UNAL Sede Bogotá. Las anécdotas son incontables.

Un viaje a Tumaco (Nariño) en el que una comunidad indígena les advirtió que no podían cruzar un río sagrado sin autorización; una noche en Aguachica (Cesar) cuando un puente se desplomó y los obligó a dormir en la carretera hasta que la vía fue habilitada; una travesía por Guaviare en la que debieron subir el bus en un planchón para atravesar un río crecido. Cada episodio refleja la autonomía y la destreza con que los conductores deben decidir y la experiencia con la que saben cuidar a quienes viajan con ellos. De esta forma, la Universidad reconoce que sus conductores también son guardianes del bienestar.

Saben leer el estado de los puentes colgantes, medir el peso del vehículo y diagnosticar fallas mecánicas en plena carretera.“La grúa puede estar a horas de distancia, así que uno debe saber qué revisar, qué ajustar y hasta dónde intentar arreglar. En carretera, la experiencia es la herramienta más valiosa”, relata el jefe William, conductor con más de dos décadas en la Institución, quien recuerda cómo una grúa avanzó 15 kilómetros en reversa para sacar un vehículo varado.Autonomía y cuidado en carreteraEn esos viajes, los conductores también descubren la mirada de las comunidades. En muchos lugares, el escudo de la Universidad despierta respeto y admiración, y entre la curiosidad y la sospecha los buses de la UNAL se convierten en embajadas móviles que representan a la Institución en los rincones más remotos del país.La vida cotidiana en Bogotá tiene otro ritmo. Ningún día es idéntico al anterior, y en los tiempos de espera los conductores encuentran refugio en un salón que han hecho suyo. Allí juegan dominó, boli-rana o cartas y conversan mientras llega el próximo servicio.

Es un espacio modesto, pero esencial para mantener la hermandad.“Aquí todos trabajamos en equipo. Hay de todo, como en cualquier grupo humano, pero el compañerismo es lo que nos sostiene”, explica uno de ellos. Entre chistes, partidas de póker y tazas de café, se teje una comunidad que pocas veces es visible para el resto de la Universidad.Al pedirles que definan su trabajo en una pocas palabras, los conductores no dudan: bendición, grandeza, gratitud. En esa síntesis se condensa su experiencia. La Universidad no solo enseña a los estudiantes, también enseña a quienes la sirven desde el volante. Les da autonomía, los protege con normas claras y los integra en un proyecto que trasciende lo laboral.“Aquí uno siente orgullo de estar. Es como si la vida le dijera que va por el camino correcto”, dice Luis Hernando Parrado, uno de los conductores más nuevos que ingresó a la UNAL hace menos un año.

Hoy la UNAL planea convertir uno de sus viejos buses en museo, como testimonio de la historia que desde 1936 ha rodado sobre sus llantas. Ese vehículo, que alguna vez cargó estudiantes, maletas y sueños, se transformará en memoria viva de los caminos recorridos. No será solo una máquina detenida en el tiempo, sino un símbolo de los guardianes invisibles que con cada viaje han tejido la permanencia y el pulso mismo de la UNAL.

Contenido elaborado por: Universidad Nacional de Colombia
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