Aunque en el país existen entre 1.000 y 4.000 reinados de belleza, más allá de las coronas y los desfiles estos espacios enseñan desde edades tempranas cómo debe verse, comportarse y ser reconocida una mujer. Esa transmisión, que suele ocurrir dentro de las familias, se puede extender durante varias generaciones.
Durante una fiesta infantil en Bogotá, la antropóloga Marina Bernal observó a dos niñas jugando a ser reinas: mientras una sonreía, posaba y saludaba frente a una cámara imaginaria, su madre la observaba orgullosa.
Lo que parecía un juego terminó convirtiéndose en una pregunta de investigación que años después daría origen al libro Reinitas: Feminidad, niñas y belleza en Colombia, publicado por la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Bogotá y el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH).
En medio de esa investigación ocurrió uno de los casos más polémicos sobre estos eventos: “Miss Tanguita”, concurso realizado en Barbosa (Santander), en el que las niñas desfilaban en bikini a orillas del río Suárez.
Las imágenes circularon internacionalmente y desataron críticas por la sexualización de las menores. La polémica creció cuando las autoridades locales defendieron el certamen y exhibieron los permisos oficiales para justificarlo.
“Ese episodio confirmó que no estaba frente a casos aislados, sino ante una práctica profundamente normalizada y respaldada socialmente”, señala la autora.
Para comprender cómo funcionan estos concursos en distintas regiones y contextos sociales, entre 2014 y 2018 la investigadora recorrió reinados nacionales, escolares, municipales y comerciales en Barranquilla, Barbosa, Bucaramanga, Tunja, Santa Rosa de Cabal, Pereira, Marsella y San Francisco, además de Bogotá.
También siguió concursos como “Niña Colombia”, “Miss Princesita Real”, el “Carnavalito de los Niños” y otros reinados realizados en colegios y centros comerciales; en Colombia se celebran entre 1.000 y 4.000 reinados de belleza.
Además, el trabajo incluyó alrededor de 20 entrevistas, observaciones de campo y encuentros colectivos con niñas, madres, exreinas, preparadores, feministas y autoridades locales.
Muchas conversaciones ocurrieron dentro de las casas mientras las familias mostraban fotografías de antiguas coronaciones o relataban historias de varias generaciones de mujeres vinculadas a los reinados. En algunos casos la investigadora acompañó a las familias durante varios días; en otros, convivió con barras, organizadores y preparadores de niñas reinas.
El dilema de la feminidad
Aunque el libro evita equiparar automáticamente todos los reinados infantiles con explotación sexual o trata de menores, sí plantea preguntas sobre la sexualización temprana de las niñas y sobre industrias que se benefician económicamente de ciertos modelos de belleza infantil, como concursos en los que las niñas de entre 3 y 6 años eran maquilladas, peinadas y entrenadas para desfilar frente a jurados y públicos adultos. También documenta cómo algunos certámenes replican códigos visuales y estéticos propios de los concursos de belleza para mujeres adultas.
Uno de los hallazgos más consistentes fue el peso que tienen las madres y abuelas en la transmisión de estas prácticas. En Barranquilla, por ejemplo, algunas abuelas relataban con orgullo que ellas, sus hijas y sus nietas habían sido reinas. En municipios del Eje Cafetero, la autora encontró niñas preparadas desde pequeñas para participar en circuitos de modelaje y concursos asociados con marcas de ropa y eventos regionales.
La investigación encontró además que el fenómeno atraviesa clases sociales y regiones muy distintas, pues algunos reinados están ligados a festividades folclóricas, colegios privados, concursos municipales y eventos comerciales.
Algunos son promovidos por alcaldías, patrocinados por empresas o respaldados por instituciones públicas. Según el estudio, esa legitimación estatal ayudó a consolidar la idea de que estos certámenes son prácticas culturales normales y deseables.
En Risaralda, la experta realizaba trabajo de campo en 2016, justo cuando el departamento prohibió los reinados infantiles después de un debate público sobre la exposición de niñas en concursos escolares, especialmente por el uso de vestidos de baño y fotografías difundidas en espacios públicos y redes sociales. Esto hizo que Risaralda y Antioquia se convirtieran en los únicos departamento en prohibir estas actividades en los colegios.
La autora también documentó los costos económicos y logísticos detrás de estos concursos, pues algunas familias invierten grandes cantidades de dinero en vestidos, maquillaje, peinados, clases de pasarela y desplazamientos.
En entrevistas realizadas en Risaralda y el Eje Cafetero, las madres describieron los reinados como oportunidades de ascenso social, acceso al modelaje o entrada a circuitos de publicidad infantil.
La investigadora sostiene que uno de los principales aportes del libro es haber llevado a la discusión pública una práctica que durante décadas fue vista como parte normal de la vida cotidiana colombiana. “Que la UNAL y el ICANH publiquen esta investigación significa reconocer que este tema también es importante para entender cómo se construyen en el país ciertas ideas sobre las niñas y las mujeres”, afirma.
Agrega que el interés del estudio no está en reducir el debate a quienes apoyan o están en contra de los reinados infantiles, sino en comprender todo el fenómeno social, económico y cultural que hay detrás de ellos, “sobre todo el hecho de que un país como Colombia los haya normalizado tanto, al punto de que se consideran como un acontecimiento importante en la vida de una niña, que luego se convertirá en mujer”.
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