Mientras estudiantes, profesores y trabajadores comienzan su jornada, en un taller escondido entre polvo, virutas y máquinas de más de 70 años, Ian David Cruz Santamaría ya está pensando cómo reparar una puerta, recuperar un mueble o construir una pieza para algún edificio de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Bogotá.
A veces sus días comienzan arreglando de una bisagra vencida; otras con proyectos de mayor envergadura como la construcción de la Recepción del Edificio Uriel Gutiérrez, diseñada para facilitar el control de ingreso y la atención de quienes transitan por este emblemático espacio universitario.
Incluso en ocasiones debe hacer divisiones para laboratorios, muebles para oficinas, marcos improvisados, carteleras para avisos, y escritorios o puertas destruidas durante algún evento desafortunado.
Todo pasa por el Taller de Carpintería de la UNAL, que forma parte de la Sección de Mantenimiento de la Sede Bogotá, un lugar ubicado al lado del Colegio IPARM que a simple vista no es reconocido, pero que al acercarse es todo un mundo de posibilidades, como asegura Ian Cruz, uno de los cerca de 10 carpinteros que tiene la Sede Bogotá.
Aunque pocos lo saben, en esta Sede funcionan tres carpinterías: una en la Facultad de Artes, otra en la Facultad de Ingeniería y otra general de Mantenimiento. Esta última atiende solicitudes de todas las Facultades, por eso cuando se necesita reparar muebles y puertas o adecuar espacios en madera se debe enviar la solicitud al Área de Mantenimiento, desde donde se asignan los trabajos a los carpinteros.
La Universidad le cambió la vida
Ian tiene 33 años, es bogotano, soltero y muy apegado a su familia. Habla con respuestas que denotan su amor por el lugar y con una convicción que demuestra que tiene madera para esta profesión. Él conversa entre el rugido de sierras, lijadoras y motores viejos que sobreviven desde hace décadas.
“Muchos de estos equipos llevan más de 70 años funcionando”, dice mientras le da golpes suaves a una máquina verde de hierro pesado. “Y siguen sirviendo”, complementa.
La escena parece detenida en el tiempo: herramientas industriales antiguas, olor a madera recién cortada y unos pocos carpinteros intentando responder las solicitudes de toda la Universidad. Pero detrás del ruido constante de las máquinas está la historia de un hombre que estuvo a punto de perderlo todo antes de encontrar estabilidad en un oficio que muchos consideran desaparecido.
Ian nunca soñó con ser carpintero. Aunque inició estudios de Ingeniería Agrícola e Ingeniería Agroindustrial, un momento difícil de su vida lo llevó a una depresión que terminó alejándolo de las asignaturas que tanto lo apasionaban.
Después vinieron trabajos de vendedor, panadero… lo que apareciera, incluso pensó en emigrar a otro país, pero no quería irse con las manos vacías, hasta que conoció a una joven que le ayudó a salir del pozo de pensamientos en el que se encontraba.
Y entonces, apareció la carpintería
Entró al SENA en 2016 y aprendió a trabajar la madera en un momento en el que el oficio empezaba a desaparecer por la producción industrial y los tableros aglomerados.
“La carpintería tradicional se ha ido perdiendo. Ahora casi en todo se usa en materiales que no son completamente madera pero que sirven para la producción masiva”, dice.
La pandemia estuvo a punto de hacerlo retroceder. La empresa donde trabajaba no logró sostener a todos sus empleados y quedó sin empleo. En medio de la incertidumbre, una excompañera del SENA le habló de una convocatoria para ingresar a la UNAL.
“Faltaba un día para cerrar la convocatoria y yo no tenía dinero”, recuerda el carpintero de la UNAL, mientras con una leve sonrisa cuenta que la convocatoria se amplió una semana más y su mamá le prestó la plata, como si hubiera sido un milagro.
Compitió con cerca de 600 personas presentando el examen escrito y la prueba práctica. Cuando leyó el documento oficial y solo vio su nombre creyó que lo habían descalificado.
“Me pegué un susto terrible”, cuenta entre risas, “pero lo que realmente ocurrió es que me habían aceptado para el cargo”.
Con el tiempo entendió que mientras profesores y estudiantes investigan, publican o hacen ciencia, las personas como él sostienen físicamente la Universidad para que todo eso ocurra.
“En todos lados requieren adecuaciones. Un sitio digno para trabajar, para investigar, para estudiar, y ahí es donde entramos nosotros”.
La carpintería de mantenimiento funciona casi como un hospital de objetos rotos. Allí llega todo: puertas dañadas, escritorios quebrados, muebles viejos, divisiones, laboratorios, carteleras, estructuras deterioradas por el tiempo. Algunas piezas incluso son rescatadas antes de terminar en la basura.
Hace poco desmontaron materiales del antiguo edificio de Icontec, junto a Odontología, en donde recuperaron cerca de 50 puertas y una gran cantidad de madera que todavía se podía utilizar.
“Hay materiales que ya no se consiguen, y muchas veces todo eso terminaba botado”, asegura Ian mientras revisa un mueble en el que lleva trabajando varios días.
Por eso el taller parece vivir en un desorden permanente: tablas apiladas, puertas a medio pintar, serrín acumulado y muchos proyectos abiertos al mismo tiempo.
Ian habla de las máquinas como si fueran compañeras de trabajo. La sierra sin fin “es de las más seguras”. La planeadora “quita lo torcido de la madera”. La sierra de mesa “es la madre de todas”. Mientras las describe, sus manos acompañan cada explicación, cortan el aire, miden distancias invisibles, simulan ensamblajes. En esa precisión hay orgullo y también memoria.
Recuerda especialmente la Recepción del Edificio Uriel Gutiérrez, construida junto a su compañero José “Pete”, un carpintero con casi 40 años de experiencia. También una cartelera fabricada para el Museo de Ciencias que todavía está expuesta a la intemperie después de años.
Luego de 8 años como carpintero y con el salario que recibe de la UNAL, Ian logró salir adelante, pudo comprar una moto, luego un carro y ahora paga un apartamento. Ayuda a sus padres, a su hermana y a su sobrino. Por primera vez siente estabilidad.
“Yo estoy muy agradecido con la Universidad, pues me cambió la vida”, afirma.
Esta es una de las historias verdaderas escondida detrás del Taller de Carpintería de la UNAL. Una historia en la que, mientras cientos de estudiantes atraviesan diariamente puertas, corredores y oficinas sin preguntarse quién las construyó, Ian sigue ahí, entre motores antiguos y olor a madera, reparando silenciosamente la infraestructura de una de las universidades más importantes del país.
De cierta forma, cada tabla o madera ensamblada también es una manera de reconstruirse a sí mismo, y así lo demuestra en su día a día con las adversidades que ha superado, demostrándole a todo el mundo a su alrededor que sí es posible salir adelante y no solo reparar puertas, sino también abrirlas.