Dos semanas después del terremoto del 10 de agosto, la permanencia de miles de personas en albergues temporales abre un nuevo frente de atención: prevenir las enfermedades respiratorias y gastrointestinales, además de aquellas transmitidas por vectores, como el dengue. El hacinamiento, las dificultades para acceder a agua segura y la mayor exposición a mosquitos pueden favorecer su aparición, advierte un epidemiólogo de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).
Más allá de los daños en viviendas e infraestructura, las consecuencias de un desastre de esta magnitud se pueden extender durante semanas e incluso meses. Las condiciones en las que deben permanecer las familias damnificadas mientras regresan a sus hogares o encuentran una solución de vivienda pueden generar nuevos riesgos para su salud.
El terremoto del 10 de agosto dejó más de 292.000 personas afectadas, 29.554 viviendas averiadas y 267 edificaciones colapsadas, además de 304 personas fallecidas. Para parte de la población damnificada, la emergencia continúa hoy en albergues y otros espacios temporales de alojamiento.
Es precisamente allí donde las condiciones sanitarias cobran especial importancia. La concentración de muchas personas en espacios reducidos facilita la transmisión de infecciones respiratorias, mientras los daños en los sistemas de agua y saneamiento pueden aumentar la exposición a agua o alimentos contaminados. A esto se suma una mayor exposición a mosquitos en algunos territorios afectados.
El profesor Carlos Álvarez, epidemiólogo de la Facultad de Medicina de la UNAL Sede Bogotá, advierte sobre tres riesgos principales para la población afectada: las enfermedades infectocontagiosas; las enfermedades asociadas con problemas en el abastecimiento de agua y el saneamiento, y aquellas transmitidas por vectores.
“Los tres principales riesgos son la posibilidad de enfermedades infectocontagiosas; el riesgo sanitario asociado con la ruptura de aguas negras o residuales, lo que incrementa la posibilidad de ingerir agua potencialmente contaminada; y el incremento de enfermedades transmitidas por vectores por la exposición y la poca protección”, señala el experto.
Entre las enfermedades respiratorias que requieren especial atención está la tuberculosis, cuya transmisión se puede ver favorecida por el contacto estrecho y prolongado entre personas, especialmente en espacios con poca ventilación.
El especialista también llama la atención sobre la calidad del agua. Los daños ocasionados por el terremoto en redes de acueducto o alcantarillado pueden favorecer la contaminación y aumentar el riesgo de enfermedades gastrointestinales, de ahí la importancia de garantizar agua segura tanto para beber como para preparar alimentos.
Los cuerpos no provocan epidemias
En medio de una emergencia de esta magnitud también circulan temores que no siempre corresponden con la evidencia científica. Uno de ellos es que los cuerpos de personas fallecidas que permanecen bajo los escombros puedan desencadenar epidemias.
“A veces las personas relacionan la descomposición de los cuerpos con la posibilidad de que se forme una epidemia, pero eso no es así”, explica el profesor Álvarez.
Según el epidemiólogo, para la población general el riesgo asociado con estos cuerpos es muy bajo. La mayor exposición corresponde al personal encargado del rescate y la recuperación, especialmente cuando existe contacto físico directo, por lo que estos trabajadores deben aplicar las medidas de bioseguridad establecidas.
Agua segura, vacunación y alimentos bien manejados reducen el riesgo
Prevenir nuevos problemas de salud en las zonas afectadas requiere mantener medidas que aunque suelen parecer sencillas adquieren especial importancia cuando muchas personas comparten un mismo espacio.
El profesor Álvarez recomienda mantener y reforzar los programas de vacunación de la población afectada, especialmente entre los grupos más vulnerables, además de identificar oportunamente síntomas de enfermedades transmisibles. “Principalmente vacunar a los adultos mayores contra influenza, Covid-19 y dengue”, precisa.
Otro punto fundamental es la alimentación. El epidemiólogo recomienda evitar el envío de comida preparada a los albergues cuando no existan condiciones que garanticen su adecuada conservación y transporte, pues la ruptura de la cadena de frío o la contaminación cruzada pueden convertir una ayuda en un riesgo sanitario.
Por eso las donaciones de alimentos se deben coordinar con las organizaciones y entidades responsables de los albergues, que pueden establecer qué productos se necesitan y garantizar su almacenamiento, preparación y distribución en condiciones seguras.
De igual manera, el especialista recomienda lavarse las manos frecuentemente, garantizar el acceso a agua potable y utilizar tapabocas cuando las condiciones de hacinamiento o exposición así lo requieran.
También pide evitar la entrega directa de medicamentos a las personas damnificadas. Estos se deben canalizar a través de centros y profesionales de salud, pues su uso sin valoración médica puede ocasionar intoxicaciones, interacciones entre medicamentos u otros efectos adversos.
Así mismo, en una emergencia proteger la salud no termina con rescatar a las personas o proporcionarles alojamiento: mantener condiciones adecuadas de agua, alimentación, higiene y prevención durante el tiempo que permanezcan desplazadas también forma parte de la respuesta al desastre.