Durante casi dos siglos el milpiés babosa (Glomeridesmus porcellus) fue considerado como una única especie en Colombia. Sin embargo un análisis detallado de su morfología y su ADN permitió identificar dos especies potencialmente nuevas para la ciencia y un género completamente inédito, a partir de ejemplares recolectados en Angelópolis (Antioquia) y en la Sierra Nevada de Santa Marta.
Lejos de ser criaturas extrañas o peligrosas, los milpiés —parientes de las arañas— son pequeños ingenieros del suelo: viven entre la hojarasca, bajo troncos húmedos o entre residuos de cultivos, en donde se alimentan de materia orgánica en descomposición, y en ese proceso ayudan a reciclar nutrientes y a mantener la fertilidad de los suelos.
A pesar de su importante papel en los ecosistemas estos bichos suelen generar rechazo. Muchas personas les temen o los evitan, incluso cuando algunos no superan 1 cm de longitud. Este desconocimiento también ha limitado su estudio científico y le ha restado importancia a su función ecológica.
Precisamente ahí entra la investigadora Liseth Alejandra Reyes Peñata, magíster en Biología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), quien se propuso responder una pregunta sencilla pero poderosa: ¿existe una sola especie de milpiés babosaen el país?
La duda tenía fundamento, ya que esta especie, que parece la combinación entre un milpiés y una babosa, fue descrita en 1844 a partir de un único ejemplar —una hembra— y sin una ubicación clara. Con una descripción de apenas unas líneas y sin el espécimen original disponible (se cree que fue enviado fuera del país y nunca regresó), lo que quiere decir que durante décadas algunos milpiés similares encontrados en Colombia terminaban clasificados bajo ese mismo nombre.
Pata a pata
Para resolver el enigma, la investigadora viajó a dos lugares en donde históricamente se había reportado el milpiés, en 1914 y en 1923: La Camela, una finca cafetera en Angelópolis (Antioquia), y la cuchilla de San Lorenzo, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Allí, removiendo hojarasca, troncos en descomposición y residuos de cultivos, la magíster recolectó más de 80 individuos de milpiés.
“Sin embargo había un problema: encontrar machos, que son extremadamente escasos, apenas unos pocos entre decenas de hembras, y son justamente los que tienen la clave para su diferenciación, ya que en la parte final de su cuerpo poseen telópodos, unos apéndices que funcionan como órganos reproductivos y cuya forma cambia entre especies”, explica la bióloga Reyes.
En laboratorio, esos diminutos detalles revelaron una historia inesperada. Bajo el lente de la microscopía electrónica de barrido, los telópodos mostraron formas radicalmente distintas: algunos parecían espinas, otros ganchos, dedos rígidos e incluso estructuras similares a una pequeña cuchara alargada, diferencias invisibles a simple vista pero suficientes para distinguir especies.
“Con solo una hembra descrita hace más de 100 años era imposible ver estas diferencias”, explica la investigadora.
A estas pistas se sumó el análisis genético a través del gen COI, que funciona como un “código de barras” de los organismos. El ADN confirmó lo que sugería la forma: no se trata de una sola especie, sino de varios linajes independientes.
¡Nuevos milpiés!
En conjunto, las evidencias permitieron identificar al menos 3 especies —2 de ellas nuevas para la ciencia— y revelar un grupo completamente distinto que no encajaba en ningún género conocido hasta ahora. Actualmente se está trabajando en un artículo científico para divulgar los hallazgos en todo el mundo.
El hallazgo también deja una lección de fondo, pues incluso en organismos que llevan siglos en los registros científicos y en las colecciones la biodiversidad puede estar subestimada, y eso en un país como Colombia significa que aún hay mucho por descubrir, incluso bajo nuestros pies.
Como dato curioso, aunque su nombre sugiere 1.000 patas casi ninguno llega a esa cifra, muchos no superan las 400, y algunos llegan a las 1.300 patas. También que los milpiés son más antiguos que los dinosaurios, pues existen desde hace más de 400 millones de años, y algunos de sus antepasados sí eran gigantes, de hasta 2 m de longitud.
Mientras estos pequeños milpiés descomponen hojas, tallos y residuos agrícolas, hacen posible que el suelo se renueve y respire, que los nutrientes circulen y que los ecosistemas sigan funcionando, por ello conocerlos y dejar de estigmatizarlos es una tarea que todos deberíamos practicar.