Juguetes eróticos, pornografía, aplicaciones de citas, servicios sexuales e incluso productos farmacéuticos forman parte de una creciente industria dirigida al placer femenino. Sin embargo, detrás de esa aparente ampliación de la libertad sexual todavía persisten relaciones de poder y roles tradicionales de género, advierte la antropóloga española Andrea García-Santesmases.
La investigadora, quien presentó en la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) su libro Un nuevo contrato sexual: placer y poder en la industria del deseo femenino, sostiene que buena parte del discurso contemporáneo sobre el empoderamiento sexual de las mujeres ha terminado asociado al consumo, sin que necesariamente se transformen las desigualdades que históricamente han atravesado sus relaciones afectivas y sexuales.
Para García-Santesmases, esta industria reúne “aquellos bienes y servicios diseñados para mejorar y enriquecer la sexualidad femenina”, desde productos farmacéuticos -como la viagra femenina-, y juguetes eróticos hasta revistas de seducción, pornografía y servicios sexuales.
Su tesis es que esta oferta “no es necesariamente liberadora”, pues algunas demandas feministas alrededor del placer y el deseo pueden terminar convertidas en bienes de consumo que reproducen patrones masculinos.
Para ella, el modelo que domina hoy es “la idea del empoderamiento asociado al consumo, donde ser mujer empoderada equivale a consumir, incluso en lo sexual, y donde el sexo se banaliza al convertirse en una acumulación de parejas. Esta cosa como hedónica» en la que nunca se llega a sentir satisfecho”.
Andrea García-Santesmases es licenciada en Antropología, doctora en Sociología y profesora de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), en España. Sus investigaciones se han centrado en la manera como el cuerpo, el género y la sexualidad se construyen socialmente y condicionan las relaciones, los deseos y las normas.
La presentación del libro hizo parte del Seminario de Metodologías de Investigación con Perspectiva Feminista y de Género II y del Semillero Cartografías e Historias de la Sexualidad. El conversatorio fue moderado por la profesora Mara Viveros Vigoya, directora de la Escuela de Estudios de Género de la UNAL.
La investigación que dio origen al libro tomó dos años. Durante ese tiempo García-Santesmases realizó etnografía y observación participante en actividades dirigidas a mujeres, como despedidas de soltera, y más de 20 entrevistas a proveedores de servicios que van desde masajes eróticos y citas románticas hasta asistencia sexual para mujeres con discapacidad.
La doctora explicó el funcionamiento de productos como los juguetes eróticos o el tema del consentimiento y la construcción en torno a él:
A eso sumó un análisis cultural de películas, documentales, novelas y biografías de gigolós. “Me interesaba limitar el análisis a cuando son las mujeres las que pagan, porque eso es lo que no está explorado, mientras que el consumo masculino está hiperinvestigado”.
Tres máscaras de la masculinidad
A partir de las entrevistas, García-Santesmases identificó tres perfiles entre los hombres que ofrecen estos servicios: el galán, el pornógrafo y el terapeuta. El primero encarna al “hombre irresistible… un hombre de mundo”; el segundo está más ligado a la industria del porno y se ve a sí mismo casi como “director de orquesta” y, a la vez, “espectador de su propia ficción”.
El terapeuta se presenta como el experto que sabe lo que la clienta necesita, frente a un cuerpo femenino que la investigadora describe como construido culturalmente como “un cuerpo dañado… que no funciona”.
La experta encontró que estos hombres construyen y reafirman su masculinidad a partir de tres negaciones: no ser niños, no ser mujeres y no ser homosexuales. Distinguirse de “la puta” y del “chapero” —la figura que para ellos encarna “lo denigrado, lo prostituido y lo homosexual”— fue, según contó, una constante en sus relatos.
Como escribe en su libro, “los servicios eróticos para mujeres buscan recrear la heterosexualidad, en su versión más estereotipada y normativa, por lo que los varones masculinidades protagónicas y las mujeres feminidades complacientes. Se perpetúan, incluso se exacerban, las posiciones erotizadas de la dominación, de quien es el sujeto y quien es el objeto. El pago lo que hace es contenerlas, prometer que no derivarán en violencia, que la mujer puede ser objeto preciado y no violentado”.
La investigadora también se refirió a la sexualidad como una forma de identidad:
El título del libro retoma el concepto de contrato sexual de la filósofa Carole Pateman, quien planteaba que bajo el contrato social liberal subyace un contrato sexual que asegura a los varones el acceso al cuerpo femenino, la reproducción y el trabajo doméstico.
Para la investigadora, ese pacto parece reaparecer hoy en discursos que circulan en espacios digitales como la manosfera —comunidades en línea centradas en debates sobre los hombres, la masculinidad y las relaciones con las mujeres— y la femesfera, que reúne contenidos y comunidades dirigidos principalmente a mujeres sobre relaciones, género y estilos de vida.
Allí han ganado terreno expresiones como body count, usada para referirse al número de parejas sexuales que ha tenido una persona, o “mujer de alto valor”, una idea que establece atributos y comportamientos que supuestamente hacen a una mujer más deseable como pareja.
Su lectura va más allá de interpretarlos simplemente como un regreso al pasado: “lo que me planteo es si se trata de una vuelta a lo de antes… o lo que está viendo, por parte de estos discursos neoconservadores, es una captación del desánimo y la incertidumbre. Es decir, mucho de lo que parece nostalgia conservadora sería, en realidad, heteropesimismo, un desencanto ante la imposibilidad percibida de una relación heterosexual igualitaria”.
¿Otra heterosexualidad es posible?
La profesora Viveros presentó y moderó el espacio, contextualizando el conversatorio como la primera sesión de un curso de metodología de investigación feminista de 16 sesiones, y el inicio de la discusión en el seminario sobre hombres y masculinidades dicta.
En esta última parte, hizo énfasis en el capítulo que habla sobre los gigolos (hombre que ofrece servicios sexuales), pues, a su juicio, esa tipología es “otra manera de hablar de la jerarquía de la masculinidad”, porque muestra al mismo tiempo que las masculinidades son diversas y plurales, y que a la vez funcionan como “un dispositivo de poder en singular”.
Señaló también que, el galán encarna la masculinidad hegemónica; el pornógrafo, dijo, es una masculinidad marginal marcada por la clase; “ese hombre que tiene las marcas de clase en los tatuajes, en la apariencia”. Y en el terapeuta vio una masculinidad racializada.
La profesora Viveros subrayó que es fundamental poner el tema del capacitismo en la conversación sobre interseccionalidad, lo cual lleva a preguntarse por qué el feminismo, el antirracismo y los estudios críticos de la discapacidad terminan históricamente metidos “en una sola bolsa”, como ejes de opresión que se cruzan sin que quede claro por qué.
Además, propuso ampliar la noción de conocimiento situado, tan citada en la antropología feminista, más allá de lo visual, explorando una “escucha situada” e incluso un “tacto situado” como nuevas herramientas metodológicas.
La discusión sobre la posibilidad de construir relaciones heterosexuales más igualitarias tampoco se limita a las generaciones más jóvenes. La académica de la UNAL contó que la pregunta sobre si “otra heterosexualidad es posible también ha surgido en talleres con lideresas afro mayores y que, por tanto, no es solamente un tema de mujeres jóvenes, de clase media o de mujeres no racializadas”.