La colección de la UNAL que convirtió el miedo a los reptiles en conocimiento científico

Anacondas, tortugas candado, serpientes marinas, cocodrilos y lagartos únicos como el anolis azul de Gorgona forman parte de la Colección Nacional de Reptiles de Colombia, donde la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) resguarda cerca del 72 % de las especies registradas en el país, un patrimonio clave para descubrir nuevas especies, estudiar enfermedades y aportar a su conservación.

Este fotorrelato invita a recorrer una de las colecciones biológicas más importantes de América Latina, donde cada ejemplar conserva información sobre la historia natural de una especie y ayuda a responder preguntas científicas que, en muchos casos, ni siquiera existían cuando fue recolectado.

Gracias a este patrimonio que custodia el Instituto de Ciencias Naturales (ICN), nuevas generaciones de investigadores de Colombia y del exterior, han descrito nuevas especies, recuperado ADN de ejemplares con varias décadas de antigüedad y estudiado su evolución, distribución y estado de conservación.

Hasta la década de 1990, anfibios y reptiles integraban una sola Colección de Herpetología. Su crecimiento comenzó entre las décadas de 1940 y 1950 con el trabajo del investigador alemán Federico Medem, pionero en el estudio de los cocodrilos colombianos.

Más adelante, investigadores como Humberto Alarcón, Pedro Ruiz, María Cristina Ardila, Juan Manuel Renjifo, Vicente Rueda, Olga Victoria Castaño y John Lynch consolidaron este patrimonio científico con ejemplares provenientes de diferentes regiones del país.

Desde 2008, la Colección Nacional de Reptiles es coordinada por la profesora la herpetóloga Martha Lucía Calderón Espinosa, profesora asociada de la UNAL.

Hoy, resguarda más de 14.300 ejemplares catalogados y cerca de 21.000 especímenes, si se incluye el material que continúa en proceso de incorporación. Entre ellos se encuentran alrededor de 250 ejemplares tipo, utilizados para describir científicamente nuevas especies y considerados el material de mayor valor para la investigación taxonómica.

La colección reúne representantes de las seis especies de cocodrilos y caimanes registradas en el país, entre ellas el caimán de anteojos (Caiman crocodilus apaporiensis), reconocido por la arista interocular que le da su nombre común; también, cerca del 74 % de las serpientes, alrededor del 80 % de las tortugas y casi el 60 % de los lagartos conocidos en el territorio nacional.

Anolis gorgonae, una lagartija autóctona de la isla Gorgona, en el Pacífico colombiano, es considerada una de las especies de reptiles más llamativas del país por su intensa coloración azul turquesa, una característica excepcional entre los anolis. Como solo habita en este Parque Nacional Natural, cualquier alteración de su hábitat podría comprometer la supervivencia de toda la especie.

También preserva un ejemplar de Lepidoblepharis nukak, una pequeña especie de gecko descrita por la profesora Calderón y el biólogo Guido Medina. Su nombre rinde homenaje al pueblo indígena Nukak y reconoce el estrecho vínculo entre las comunidades que han habitado estos territorios y la biodiversidad que resguardan.

Dipsas catesbyi, conocida comúnmente como serpiente caracolera, es reconocida por su dieta especializada en caracoles. Sin embargo, detrás de especies como esta también hay una historia de amenazas: la transformación de los ecosistemas, la caza y el tráfico ilegal de fauna silvestre ponen en riesgo a muchos de los reptiles que hoy conserva la colección.

A tales amenazas se suma la estigmatización que históricamente han sufrido los reptiles, en especial las serpientes, asociadas casi siempre con peligro, pese a que la mayoría de las especies no representa un riesgo para las personas. Un ejemplo es Amerotyphlops reticulatus, una pequeña serpiente subterránea y no venenosa cuyo aspecto recuerda al de una lombriz. Sus ojos vestigiales carecen de funcionalidad y es una especie completamente inofensiva para el ser humano.

Para la profesora Martha Lucía Calderón, uno de los mayores desafíos es cambiar la percepción que existe sobre estos animales. Lejos de ser enemigos del ser humano, muchos reptiles cumplen funciones esenciales para el equilibrio de los ecosistemas al controlar poblaciones de roedores y otros pequeños vertebrados. Es el caso de Phimophis guianensis, una serpiente no venenosa de cuerpo esbelto que habita bosques y sabanas y desempeña un papel importante en ese control natural.

“Sin ellos, muchos procesos ecológicos se verían seriamente alterados; por eso es importante comprender su papel ecológico es fundamental para garantizar su conservación”, afirma.

Ese desconocimiento también alimenta prácticas que continúan poniendo en riesgo numerosas especies. Uno de los casos más preocupantes es la extracción de huevos de iguana para su comercialización. Entre las especies que habitan los bosques colombianos está Uracentron azureum, conocida como iguana de cola espinosa verde, cuya robusta cola cubierta de escamas le sirve de defensa y le proporciona estabilidad mientras se desplaza por la copa de los árboles.

Una sola iguana puede poner desde 14 hasta más de 60 huevos por postura, por lo que cada hembra sacrificada representa también la pérdida de futuras generaciones. La práctica, impulsada por la creencia de que los huevos tienen propiedades afrodisíacas entre otras razones, continúa registrándose principalmente en la región del Caribe colombiano.

Algunas especies enfrentan amenazas adicionales por la captura y el tráfico ilegal. Es el caso de la hicotea (Trachemys callirostris) -en la foto-, que, al igual que el caimán de anteojos, continúa siendo capturada para el consumo, especialmente durante la Cuaresma y la Semana Santa, cuando aumenta la demanda de estas especies como alternativa a las carnes rojas. Además, la temporada de reproducción y puesta de huevos facilita su captura masiva.

Otras, como la tortuga morrocoy (Chelonoidis carbonarius), son extraídas de su hábitat para ser comercializadas como mascotas, una práctica que reduce las poblaciones silvestres y altera el equilibrio de los ecosistemas. A ellas se suma la tortuga candado (Kinosternon scorpioides) -en la foto-, una especie semiacuática capaz de cerrar completamente su caparazón gracias a un plastrón con dos bisagras móviles. En Colombia también se ve afectada por el tráfico ilegal de fauna, especialmente en la región Caribe.

Frente a estas amenazas, la Colección Nacional de Reptiles también cumple un papel fundamental en la investigación y la conservación. Una de las líneas de trabajo más recientes busca presentar el primer reporte integral sobre la enfermedad fúngica que afecta a las serpientes en Colombia, una preocupación creciente para la comunidad científica mundial.

Para ello, el equipo revisó ejemplares de la colección en busca de evidencias del hongo en la piel de las serpientes, una infección que también ha sido registrada en animales vivos durante observaciones de campo. Hasta ahora, solo unas 76 de las más de 4.000 especies de serpientes conocidas en el mundo habían sido reportadas con este hongo, por lo que los hallazgos aportan nuevas evidencias para comprender su alcance y sus posibles implicaciones para la conservación de estos reptiles.

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