En la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) existen lugares que no son solo un punto de encuentro, sino que forman una parte fundamental de la vida universitaria, pues allí estudiantes, profesores y visitantes escuchan historias o hacen una pausa en medio de la rutina académica. Esta es la historia de La Perola en la Sede Bogotá, la maloca Casa Hija en la Sede Amazonia, y el campus El Cable en la Sede Manizales.
Aunque estos espacios guardan escenas distintas, comparten algo en común: son lugares en donde la Universidad se vive de otra manera y el tiempo parece detenerse por instantes.
En La Perola, un viernes al mediodía los estudiantes se reúnen frente al comedor central de la Sede Bogotá para escuchar relatos orales, mientras a más de 1.000 km, en Leticia, jóvenes y profesores conversan sobre territorio y conocimiento ancestral, reunidos alrededor del fuego en la maloca Casa Hija, y en Manizales los estudiantes atraviesan a diario una antigua estación del cable aéreo que hace un siglo movilizaba café por las montañas andinas y que llegó a ser el más extenso del mundo.
La Perola, en donde la palabra encontró casa
Para generaciones enteras de estudiantes y egresados de la UNAL, La Perola —palabra que se refiere a una especie de olla o caldera, o a la cabeza humana— significa mucho más que un lugar dentro de la ciudad universitaria. Por un lado, es uno de los puntos de encuentro más concurridos del campus en Bogotá, pero también es el nombre de un encuentro de narración oral que desde hace más de 25 años transforma ese rincón universitario en un escenario abierto para escuchar historias, improvisaciones, humor y relatos de todo tipo.
La iniciativa nació a finales de 1989 casi por casualidad. Un grupo de amigos amantes de la literatura y la palabra comenzó a reunirse de manera itinerante alrededor de una mochila llena de frases con temas para improvisar y confesiones escritas en papeles pequeños. La idea era simple: alguien tomaba uno de esos temas y debía convertirlo en una historia.
“En 1988 pasó por allí un cubano, Francisco Garzón Céspedes, quien dictó talleres por lugares de toda Latinoamérica, entre ellos Bogotá. De esos encuentros surgieron narradores que empezaron a recorrer universidades, y con el tiempo el público comenzó a llegar los viernes a esperar a los cuenteros. Un día que no aparecieron, un grupo decidió continuar la iniciativa y se hicieron llamar ‘Los narradores del vacío’”, relata la narradora oral Ana María Dávila Correa, directora del Grupo de Narración Oral de la UNAL, con más de 15 años de experiencia en este campo.
Con el tiempo, ese juego espontáneo fue creciendo hasta consolidarse como uno de los espacios de narración oral universitaria más reconocidos del país, apoyado por la Dirección Nacional de Divulgación Cultural de la UNAL.
Por este escenario han pasado narradores reconocidos como Harry Marín, Juan Carlos Grisales, Martín Trujillo, Carolina Rueda, Primo Rojas, Ricardo Quevedo y Diego Camargo.
La Perola cuenta con una publicación, Apuntes sobre el arte de contar historias (https://issuu.com/gestiondeproyectos/docs/bardo_issue), y con talleres de expresión oral y creación narrativa, los cuales están abiertos no solo a artistas sino a cualquier persona interesada en aprender a narrar, a través de grupos como “Bardos: contadores de historias”, dirigidos por el cuentero Henry Morales (q. e. p. d.), quien dejó una huella profunda en quienes lo escucharon.
“Antes de que los narradores se tomaran La Perola allí no funcionaba ninguna actividad específica. Aunque el lugar tenía vocación para eventos no había nada permanente. En 2001 la Dirección de Bienestar apoyó la realización de talleres y la llegada de invitados a la denominada ‘meca de la narración oral’, en donde los viernes llegaron a reunirse hasta 2.000 personas para escuchar a los cuenteros”, recuerda la profesora Dávila.
En tiempos dominados por pantallas y videos cortos, este espacio le sigue apostando a algo que nos ha acompañado desde los inicios de la humanidad: sentarse a escuchar la voz de otro.
Casa Hija, la maloca en donde dialogan la selva y la academia
En la Sede Amazonia la Universidad tiene otro ritmo. Entre el calor húmedo, el sonido constante de insectos y aves, y los senderos rodeados de vegetación, se levanta la maloca Casa Hija, uno de los espacios culturales y simbólicos más importantes del campus en Leticia.
Inaugurada oficialmente en 2017, la maloca nació con una idea impulsada por la Universidad: convertir el campus en un “laboratorio vivo”, un lugar en donde el conocimiento científico pueda dialogar con los saberes ancestrales de los pueblos amazónicos.
Sin embargo su historia comenzó años atrás, cuando estudiantes indígenas de distintas comunidades vinculados a programas especiales de admisión construyeron una pequeña maloca artesanal. Aunque era una estructura sencilla, allí se reunían para conversar, compartir mambe, ambil y cahuana, cantar y sentirse más cerca de sus tradiciones dentro del entorno universitario.
Con el tiempo, aquella primera estructura desapareció y luego surgieron otras versiones del espacio, hasta que finalmente se construyó la actual maloca inspirada en las tradiciones arquitectónicas amazónicas.
El nombre de “Casa Hija” surgió en conversaciones con líderes indígenas de la región; la idea era entender este lugar como una extensión viva del pensamiento ancestral, una nueva casa que crece dentro de la Sede sin desligarse de las malocas tradicionales de las comunidades amazónicas.
Hoy funciona como centro de pensamiento y espacio de bienestar e intercambio intercultural. Allí se realizan círculos de palabra, encuentros académicos y conversaciones sobre biodiversidad, territorio, lenguas indígenas y soberanía alimentaria.
Su arquitectura también tiene un significado simbólico, pues la estructura circular representa un diálogo sin jerarquías: todos los participantes están a la misma distancia del centro. Los horcones sostienen el pensamiento colectivo y el techo de palma simboliza protección y conexión con la naturaleza.
El antropólogo Juan Álvaro Echeverri, profesor de la Sede Amazonia desde hace décadas, describe este lugar como “un espacio en donde se teje el pensamiento del territorio con el pensamiento de la academia”.
“En el círculo de la palabra no hay agenda o invitación, es un espacio para encontrarnos y calentar la casa, para mantener vivo el espíritu de esta palabra que fue sembrado por los estudiantes indígenas que han pasado por aquí”.
Y quizá una de las definiciones más profundas sobre la Casa Hija la dio Abel Antonio Santos Angarita, primer indígena ticuna en graduarse como Doctor en Estudios Amazónicos de la UNAL, quien en conversación con el profesor Echeverri afirmó que “este espacio tiene nachiga, palabra magütá que no solo significa “historia”, sino además algo que es y que tiene que ser”.
El Cable: de transportar café a conectar ciudad y universidad
Por su parte, en Manizales, uno de los espacios más emblemáticos de la UNAL nació gracias a una de las obras de ingeniería más ambiciosas de la historia colombiana.
A comienzos del siglo XX transportar café y mercancías desde Caldas hasta el río Magdalena era una tarea lenta y difícil debido a la geografía montañosa de la región. Para resolverlo se construyó el Cable Aéreo Mariquita-Manizales, inaugurado en 1922 y considerado en su momento como el cable aéreo más largo del mundo, con cerca de 72 km y 22 estaciones.
La obra fue desarrollada por la empresa británica The Ropeway Extension Company y dirigida por el ingeniero James Lindsay. Durante su construcción se enfrentaron dificultades técnicas enormes, incluyendo el hundimiento de una torre, lo que obligó a reemplazar algunas estructuras metálicas por madera.
Durante décadas, las vagonetas suspendidas sobre las montañas movilizaron café, mercancías y materiales fundamentales para el crecimiento de Manizales, especialmente después del incendio de 1925 que destruyó buena parte de la ciudad.
Aunque el sistema dejó de operar en 1967, parte de su infraestructura sobrevivió y posteriormente se integró a la UNAL Sede Manizales. Hoy el campus El Cable combina patrimonio histórico, vida universitaria y espacio público.
Sobre su creación, la historiadora Yeimy Paola Delgado Arcila, coordinadora del proyecto “Cultural patrimonial Sede Manizales”, asegura: “después de la colonización antioqueña se comenzó a cultivar café en Manizales, y a inicios de los años 20 surgió un gran problema: el transporte. En ese momento el departamento no tenía carreteras, así que nació la idea de construir un cable aéreo que conectara Manizales con Mariquita. Esto ayudó a solucionar la dificultad, porque mientras el transporte del café en mula podía tomar hasta 10 días, con el cable el recorrido se hacía en solo 10 horas, reduciendo además los costos del transporte de la carga a la mitad”.
“El cable aéreo funcionó hasta 1967; después muchas de sus estaciones quedaron abandonadas y algunas comenzaron a utilizarse como bodegas o incluso como estaciones de taxi. Dos años más tarde, en 1969, se creó la carrera de Arquitectura en la UNAL Manizales, y desde sus inicios las clases se dictaban en la antigua estación La Camelia. Luego, en 1977, gracias a las luchas de estudiantes y profesores, la Universidad recibió las escrituras y los espacios del antiguo sistema del cable aéreo”.
En noviembre de 2024 la Universidad inauguró una nueva plazoleta, abierta tanto a los estudiantes y profesores como a la ciudadanía en general, concebida para integrar memoria histórica, accesibilidad y sostenibilidad ambiental.
Allí las graderías permiten realizar actividades culturales y académicas, lo mismo que proyecciones al aire libre, mientras que la iluminación nocturna busca convertir el lugar en un espacio seguro y acogedor para la comunidad manizaleña.
“El campus El Cable es prácticamente un museo vivo. Se trata de un espacio con más de un siglo de historia, declarado en 1982 como Monumento Nacional, en donde actualmente funciona la Escuela de Arquitectura y Urbanismo de la UNAL. Allí el patrimonio histórico convive todos los días con la vida universitaria”, indica la historiadora Delgado.
Así, un lugar que hace un siglo ayudaba a conectar territorios cafeteros hoy conecta personas, cultura y vida universitaria.