Las emociones tienen raíces biológicas y se construyen desde antes de nacer

Esa arquitectura comienza a organizarse incluso antes del nacimiento y se moldea con experiencias tempranas que producen cambios en los circuitos nerviosos, modulando desde la infancia la intensidad de nuestras respuestas afectivas, lo que nos gusta o nos desagrada y las relaciones sociales que establecemos. Comprender este proceso permite explicar por qué las emociones no solo estructuran nuestros vínculos, sino que también inciden en la regulación del estrés y en la salud mental a lo largo de la vida.

Para explicarlo, el neurólogo y neurocientífico Roberto Amador, profesor jubilado de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), propone una imagen sencilla: “el cerebro es como un árbol en el que las raíces son la información que llega desde el resto del cuerpo; el tronco es el tallo cerebral, y las ramas son la corteza cerebral. Desde abajo hacia arriba —desde el intestino, el corazón, los pulmones— asciende información que se integra en el tallo cerebral, especialmente a través del nervio vago, que conecta las vísceras con el cerebro y cumple un papel central en la regulación emocional”.

“Esa información corporal no se queda allí, sino que sube hasta una región profunda de la corteza llamada ínsula, en donde se integra con señales externas como los gestos, la mirada o la postura del otro. Gracias a las ‘neuronas espejo’, el cerebro puede interpretar las emociones ajenas al observar movimientos faciales y corporales. Esa capacidad de comprender al otro es la base biológica de la socialización”.

La ínsula actúa como un puente entre el mundo interno y el mundo externo, allí se conectan las sensaciones corporales con la construcción de significado, es decir que permite comunicar el mundo interno con el mundo externo y convertir esa integración en sentimiento. Luego esa información alcanza la región orbitofrontal, debajo de los ojos, en donde intervienen sistemas relacionados con la dopamina —vinculada al deseo y la motivación— y las endorfinas, asociadas con el placer.

“Es en esa convergencia donde el afecto se puede convertir en placer, apego o amor. Ese mismo circuito es el que se modula a lo largo de la vida. Amor maternal, amor romántico o apego afectivo no son fenómenos distintos en su arquitectura básica, sino modulaciones de un mismo sistema que se adapta según la etapa de la vida y el contexto hormonal”, explica el neurólogo.

Un sistema único que evoluciona desde la gestación hasta la vejez

La construcción emocional comienza antes del nacimiento. Experiencias auditivas durante el embarazo, como sonidos repetidos, pueden generar respuestas reconocibles en el bebé después de nacer.

El proceso continúa en la infancia a través del tono de voz, las canciones de cuna y la narrativa que los adultos construyen al hablarle al niño. No se trata solo de lenguaje sino de sincronización cerebral. El cerebro del niño se organiza a través de esas interacciones socioafectivas.

Más adelante ocurre lo mismo con la lectura, el cine, los videojuegos o la ficción. Todos estos escenarios activan mecanismos que permiten ensayar emociones y construir realidades posibles. “Así va construyendo sus pensamientos y así lo hacemos durante toda la vida”, anota el experto.

Señala además que “el cerebro siempre está en el futuro para crear el presente a partir del pasado. Las creencias se consolidan con carga emocional positiva o negativa y moldean la percepción del mundo. Por ejemplo la familiaridad reduce el gasto energético del cerebro, pues activa redes ya consolidadas”.

“Como el cerebro siempre predice o anticipa, si yo veo a mi pareja no tengo que construir todo un sentimiento nuevamente, sino que ya se activa en mi cerebro: es a quien adoro. Tal familiaridad permite que las redes neuronales ya consolidadas se activen de inmediato y así estoy ahorrando energía en el procesamiento cerebral”.

Dicha capacidad de adaptación permanente se conoce como neuroplasticidad. A lo largo de la vida el cerebro se reorganiza, fortalece conexiones, pierde algunas neuronas, pero las compensa con mayor complejidad en sus redes. Durante la adolescencia —que desde el punto de vista cerebral se puede extender hasta los 25 años— los cambios son particularmente intensos. Luego, en la madurez y la vejez, las conexiones pueden disminuir, pero el sistema se sigue reorganizando.

Cuando el estrés no se apaga, el cuerpo paga el precio

En situaciones de estrés agudo, como un peligro inmediato, se activan hormonas y sistemas fisiológicos que preparan al cuerpo para reaccionar. El profesor explica que en ese momento entra en juego el sistema nervioso autónomo, que activa respuestas como el aumento de la frecuencia cardiaca, la presión arterial y la liberación de hormonas como el cortisol y la adrenalina, preparando al organismo para enfrentar o huir del estímulo amenazante.

Pero ese estado no se puede mantener indefinidamente. Ahí cumple un papel central el nervio vago, que forma parte del sistema parasimpático y actúa como un regulador que “vuelve a balancear el sistema” ayudando a disminuir la activación excesiva, regular el ritmo cardiaco y restablecer condiciones de estabilidad interna.

“Se trata de un sistema que permite recuperar el equilibrio dentro un ‘concierto alostático’, es decir una integración dinámica entre sistema nervioso, hormonas y sistema inmune que no busca rigidez, sino adaptación constante”, explica el profesor.

El problema surge cuando ese estado de activación se mantiene en el tiempo y se convierte en estrés crónico. Cuando el organismo permanece en alerta, el sistema pierde esa capacidad de reajuste eficiente y se produce una sobrecarga fisiológica. Entonces aumentan riesgos como la hipertensión, las alteraciones vasculares y el deterioro progresivo de la salud. En ese punto, la activación deja de ser adaptativa y se convierte en un factor que compromete el bienestar físico y mental.

Por eso el entorno social es decisivo. El acompañamiento durante un duelo, el apoyo de amigos o los mensajes de solidaridad pueden acelerar la recuperación biológica. “Todo lo que uno construye para integrar, para interactuar con el contexto, tiene un efecto en la parte biológica”, afirma el experto.

Así, las relaciones sociales no son solo consuelo emocional: modifican procesos fisiológicos y generan cambios epigenéticos, es decir transformaciones moleculares que influyen en la expresión de nuestros genes.

El sueño también cumple una función fundamental; durante el descanso y la fase de sueño con ensoñación, el cerebro reorganiza y consolida experiencias, como si se “recargara” para el día siguiente. Esa capacidad de reajuste continuo permite que el sistema emocional se mantenga flexible.

“Así, el afecto es un mecanismo biológico de adaptación, regulación y supervivencia. Comprender su arquitectura permite entender por qué la salud mental, la calidad de las relaciones y la regulación del estrés están profundamente entrelazadas en el cerebro humano”, concluye el profesor Amador.

El experto de la UNAL ofreció sus aportes sobre cómo se construyen nuestras emociones en un ABC publicado en Periódico UNAL digital, véalo completo aquí.

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