Tras analizar los testimonios de 16 enfermeros, un investigador evidenció que la muerte de los pacientes pediátricos deja en ellos secuelas emocionales y físicas que pueden persistir durante años. Además encontró que la mayoría de las instituciones de salud carecen de estrategias para acompañar el duelo de quienes afrontan estas pérdidas.
Lejos de desaparecer con el paso de los días, el impacto de estas experiencias permaneció durante años en la memoria de muchos profesionales. En los testimonios se describieron sentimientos de impotencia, frustración, rabia y tristeza que trascendieron el momento mismo del fallecimiento.
Para comprender ese impacto, Cristian José Bedoya, magíster en Enfermería de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), recopiló y analizó los testimonios de 16 enfermeros que enfrentaron la muerte de sus pacientes pediátricos en diferentes servicios hospitalarios. A partir de sus relatos identificó patrones comunes sobre las consecuencias emocionales, físicas y profesionales que deja este tipo de pérdidas.
“No es un dolor físico, es un dolor emocional que trasciende, casi como si la muerte fuera de alguien cercano […] da rabia e impotencia por no poder hacer algo más”, señaló uno de los participantes en la investigación.
Los testimonios también evidenciaron manifestaciones físicas como taquicardia, sudoración, presión en el pecho, náuseas, tensión muscular, dolor de cabeza y un agotamiento que en algunos casos se prolongó durante varios días después del fallecimiento del paciente.
“Los participantes hablaban directamente de sentirse agotados físicamente. También manifestaron tensiones musculares, trastornos del sueño porque tenían presente la muerte del paciente, además de náuseas y ansiedad”, anota el investigador Bedoya.
Estas reacciones se intensificaron cuando los profesionales sintieron que habían agotado todas las posibilidades de atención o enfrentaron la muerte de pacientes en servicios de alta complejidad, como las unidades de cuidados intensivos pediátricos, de hospitalización pediátrica y de cuidados paliativos.
Varios participantes contaron que después de enfrentar la muerte de un paciente pediátrico comenzaron a prestarles mayor atención a los procedimientos clínicos, fortalecieron el acompañamiento durante el final de la vida y adoptaron una comunicación más cercana y respetuosa con los padres y cuidadores.
“Algunos de ellos expresaron que había días en que no querían trabajar más en pediatría. Y los que se quedan van almacenando esas emociones, y a partir de esas experiencias también cambian la forma en que realizan el cuidado al final de la vida”, precisa el magíster Bedoya.
Un duelo que el sistema de salud no ve
Aunque las consecuencias emocionales, físicas y profesionales de estas experiencias se pueden prolongar durante años, la investigación encontró que el duelo del personal de enfermería suele permanecer invisibilizado.
Además, lejos de contar con espacios para procesar lo ocurrido, muchos siguen atendiendo a otros pacientes mientras enfrentan en silencio las consecuencias de esa pérdida.
Tras el fallecimiento de un paciente, los profesionales deben reincorporarse casi de inmediato a la atención de otros niños y sus familias. El investigador evidenció que en ese proceso hay una presión constante por controlar las emociones y mantener una imagen de fortaleza, ya que expresar tristeza, llorar o manifestar el impacto de la experiencia se puede interpretar como una señal de debilidad o de incapacidad para desempeñar este tipo de cuidado.
“No me pueden ver llorar, yo soy la enfermera que estuvo allí en ese proceso; cuando pasaban esas cosas yo llegaba a la casa a desahogarme con libertad, para no sentirme juzgada”, relató una de las entrevistadas.
Esa percepción lleva a muchos profesionales a guardar silencio frente a lo que sienten. “Una enfermera decía: ‘yo no comparto esto, no le digo a nadie, porque en algunas instituciones dicen: ‘ah no, esto le está quedando grande, mejor la cambiamos de servicio, entregue el cargo y contratamos otra persona que sí quiera trabajar’”, relató el magíster.
Según el investigador, este temor hace que muchos repriman sus emociones mientras siguen ejerciendo su labor.
Como consecuencia, aunque no todos abandonan el Área de Pediatría, muchos sí llegan a preguntarse si pueden seguir ejerciendo allí. Estas decisiones individuales adquieren una dimensión mayor cuando se observan en el contexto del sistema de salud colombiano.
En Colombia hay apenas 14 profesionales por cada 10.000 habitantes, cifra inferior a los 23 recomendados por organismos internacionales, mientras que la demanda de estos trabajadores sigue creciendo.
En ese escenario, que algunos enfermeros desistan de seguir en áreas como la atención pediátrica debido al impacto emocional de estas experiencias puede representar un reto adicional para un sistema que ya enfrenta dificultades para garantizar el relevo y la permanencia del talento humano especializado.
“Aunque muchos profesionales desarrollan estrategias personales de afrontamiento —como el apoyo entre colegas, la espiritualidad o el acompañamiento familiar—, estas no sustituyen la necesidad de que las instituciones reconozcan el duelo profesional como parte de las condiciones propias del ejercicio de la enfermería”, señala el magíster.
En ese sentido, considera necesario incorporar el duelo profesional dentro de las estrategias de bienestar laboral, lo cual implica reconocer que el fallecimiento de un paciente pediátrico también tiene consecuencias sobre quienes participaron en su cuidado y que el acompañamiento emocional no puede depender solo de las herramientas personales o del apoyo informal entre compañeros.
El estudio también propone fortalecer la formación de los futuros enfermeros mediante contenidos sobre comunicación de malas noticias, afrontamiento emocional y cuidado al final de la vida pediátrica.
Por último, el magíster Bedoya afirma que “reconocer el duelo profesional no busca disminuir la fortaleza del personal de enfermería, sino brindar herramientas para que el cuidado humanizado de los pacientes y sus familias no se construya a costa de la salud física y emocional de quienes lo hacen posible”.