En la aclamada serie The Last of Us, un hongo del género Cordyceps convierte en “zombis” a las personas que infecta. Aunque esto no ocurre en la vida real, la especie Cordyceps militaris, con la que comparte género, contiene compuestos que ayudarían a futuro en la efectividad de los tratamientos de quimioterapia en glioblastomas, tumores de cáncer de cerebro con porcentajes de supervivencia de entre 5 y 10 % luego de 5 años.
Así lo encontró Daniela Alejandra Sinisterra Tovar, química de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), quien forma parte del grupo Química de Hongos Macromicetos Colombianos dirigido por la profesora Carolina Chegwin, el cual que ya tenía experiencia estudiando estos organismos, aunque desde otro frente: la neuroprotección, es decir su capacidad de cuidar el sistema nervioso frente a enfermedades como el Alzheimer o el párkinson.
Además de C. militaris, el grupo había trabajado con reishi (Ganoderma lucidum), melena de león (Hericium erinaceus) y Psilocybe cubensis, especies que también formaron parte de esta nueva investigación y en las que se identificó un potencial efecto benéfico sobre células de tumores cerebrales.
Aunque sus nombres suenan exóticos, 3 de estas 4 especies ya se incluyen en la alimentación de muchas personas. El Cordyceps se utiliza en sopas asiáticas y algunas de sus variedades alcanzan precios muy elevados; desde hace siglos el reishi se emplea en infusiones en la medicina tradicional china, y la melena de león se ha convertido en una alternativa a la carne en restaurantes veganos. En cambio, el P. cubensis no se cocina y suele asociarse con sus efectos psicodélicos, una mirada que ha opacado el estudio de su potencial médico.
¡Hongos al rescate!
La química Sinisterra relata que, revisando literatura al respecto, notó algo que se ha explorado poco, y es que varios de estos hongos contienen compuestos capaces de atravesar la estructura que protege el cerebro y que bloquea el paso de la mayoría de los medicamentos (barrera hematoencefálica). Esa cualidad, poco común, fue lo que la llevó a preguntarse si también podían ser útiles contra el tumor cerebral más agresivo que existe.
El glioblastoma tiene una recurrencia superior al 90 %, incluso con el tratamiento estándar de cirugía, radioterapia y quimioterapia con temozolomida, el fármaco de primera línea.
La temozolomida daña el ADN dentro de las células tumorales hasta causar su muerte, pero muchos tumores tienen una enzima, la MGMT, que repara ese daño y anula el efecto del medicamento. De ahí la urgencia de un aliado.
Para evaluar el potencial de los 4 hongos, la investigadora trabajó con muestras en polvo suministradas por la empresa Aitia Biotech SAS.
A cada hongo se le hicieron 3 extracciones consecutivas utilizando un solvente diferente en cada etapa —cloroformo, butanol y etanol frío—. El proceso funciona como una serie de filtros: cada solvente permite extraer distintos tipos de compuestos, y al final se obtienen varios extractos, cada uno con una composición diferente, que luego se analizan por separado.
El proceso Para P. cubensis fue diferente: se trabajó directamente con el esporoma y se realizó una sola extracción con metanol, ya que los compuestos de interés —unas moléculas llamadas triptaminas— se disuelven mejor en este solvente.
Antes de enfrentar los extractos con las células tumorales, la investigadora quiso saber qué los componía, para lo cual midió cuántos compuestos fenólicos tenían (los mismos que le dan su fama antioxidante al vino tinto, al té verde o al chocolate oscuro), cuántos carbohidratos, es decir azúcares, y qué tan buena era su capacidad antioxidante, esa habilidad de “neutralizar” moléculas dañinas antes de que hagan de las suyas en el cuerpo.
Los resultados variaron de un hongo a otro. Las materias primas resultaron especialmente cargadas de azúcares, mientras que el extracto en butanol de la melena de león se robó el show con el mayor contenido de compuestos fenólicos, justo el que también tuvo la mejor actividad antioxidante.
Llegó la hora de la verdad
Con ese mapa químico en la mano, el siguiente paso fue probar los extractos contra el cáncer mediante el ensayo MTT, una prueba que permite medir cuánto logra un tratamiento reducir la viabilidad de las células tumorales.
El análisis se realizó en dos líneas celulares de glioma humano: U87MG, más sensible a los tratamientos, y T98G, más resistente. Los extractos se probaron primero por separado y luego combinados con temozolomida. Mediante el modelo de independencia de Bliss, los investigadores determinaron si ambos tratamientos se potenciaban entre sí (sinergia), si simplemente sumaban sus efectos, o si, por el contrario, interferían uno con el otro.
Si por separado la temozolomida reducía un 20 %, la viabilidad de las células y el extracto un 10 %, se esperaría que juntos redujeran cerca del 30 %, pero al combinarlos la reducción alcanzó entre el 40 y 50 %. Esa diferencia indica que algunos compuestos aumentarían la sensibilidad de las células tumorales a la quimioterapia.
El gran protagonista fue C. militaris, cuyo extracto de cloroformo mató células tumorales por sí solo y logró la sinergia más fuerte de todo el estudio al combinarse con la temozolomida. La relación es llamativa porque en la naturaleza este hongo parasita insectos, casi como en The Last of Us, pero con polillas y orugas. Ahí deja de ser villano para convertirse en héroe contra el tumor.
La investigadora señala que el siguiente paso será descifrar exactamente por qué camino actúan estos extractos dentro de las células tumorales, antes de dar el salto a modelos animales, que en otros países ya han dado buenos resultados. La meta a largo plazo es lograr una combinación del fármaco con extractos de hongos que potencie el tratamiento y que, algún día, se pueda evaluar en pacientes.