El terremoto apenas había terminado cuando, en medio del miedo y la incertidumbre, comenzó otra historia en Manizales. Mientras algunas personas intentaban saber si sus familias estaban bien y otras salían a las calles, la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Manizales empezó a hacer lo mismo con su comunidad y, poco después, con la ciudad. Bienestar Universitario identificó 141 personas afectadas y decenas de profesores, profesionales, egresados y estudiantes se sumaron a la atención de la emergencia.
A las 7:32 de la mañana del lunes 10 de agosto, Erika Lizet Bohórquez Orduz todavía estaba en su casa. Se preparaba para salir hacia la Universidad, donde debía comenzar su jornada a las 8:00, cuando sonó la alerta del sismo. Después, todo ocurrió en segundos.
“Mi casa empezó a moverse, mis mascotas, tengo tres perritos, empezaron a asustarse mucho. Entonces desperté a mis padres, mi hermana también iba de salida hacia el trabajo y lo único que hicimos fue salir corriendo con mis tres perritos. No alcanzamos a tomar ni celulares, ni llaves, absolutamente nada”, recuerda la profesional de Acompañamiento del Programa Especial de Admisión y Movilidad Académica (Peama) de Bienestar Universitario de la UNAL Sede Manizales.
En la carrera por ponerse a salvo quedó incluso el botiquín que la familia mantenía preparado en la entrada de la casa precisamente para una emergencia. Cuando salieron, Erika se encontró con que el miedo no terminaba en su puerta. Afuera estaban sus vecinos, ansiosos y atemorizados, algunos sin saber cómo reaccionar. Ella acababa de vivir el mismo sacudón, pero su formación como psicóloga empezó a abrirse paso entre la incertidumbre y comenzó a acompañarlos.
Después del movimiento, llegaron las preguntas
Cuando la tierra dejó de moverse, comenzó otra incertidumbre. Sin internet, sin luz y con información que llegaba poco a poco, la dimensión del desastre empezó a revelarse. Lo que Erika había vivido en su casa y en su barrio se repetía mucho más allá de Manizales.
“Nos encontramos con una realidad devastadora, una realidad donde vimos una ciudad completamente destruida, donde nos dimos cuenta que no solo era Manizales, sino que era Pereira, Armenia, Chocó, Buenaventura, Cali…”, relata.
En medio de ese panorama, la pregunta más urgente dentro de la Universidad no fue por los edificios, sino por las personas. ¿Cómo estaban los estudiantes, profesores, administrativos y demás integrantes de su comunidad? El profesor Johnny Alexander Tamayo Arias, vicerrector de la UNAL Sede Manizales, lo resumió en el mensaje que dirigió después del sismo: “el centro de nuestra Universidad son las personas”.
Bienestar Universitario activó un mecanismo para identificar las afectaciones entre estudiantes, docentes, administrativos, contratistas y pensionados. Al corte del 11 de agosto había recibido 142 registros, 141 de ellos con respuestas efectivas: 104 estudiantes, 16 contratistas, 12 administrativos, 9 docentes y 1 pensionado.
De las personas que contestaron, 123 manifestaron encontrarse bien y sin lesiones. Sin embargo, ocho reportaron lesiones leves y 10 requirieron apoyo emocional urgente. Estos 18 casos comenzaron a recibir atención y acompañamiento individual.
Pero las respuestas también empezaron a mostrar una parte menos visible de la emergencia, aquella que esperaba a muchas personas cuando regresaban a sus casas. En total, 85, el 60,3 % de quienes respondieron, reportaron algún nivel de afectación en sus viviendas. Treinta y cuatro señalaron daños leves, 15 moderados y 36 indicaron que sus viviendas estaban inhabitables. Esta última condición correspondía al reporte de cada persona y no constituía una valoración técnica sobre la seguridad de las estructuras.
Había quienes no tenían dónde dormir, familias que habían perdido parte de sus bienes, personas que debían buscar temporalmente otro lugar para vivir y otras que, después del miedo, necesitaban simplemente hablar con alguien.
Así lo mostró también el censo: 37 personas solicitaron apoyo psicológico, 20 alojamiento temporal, 17 alimentación, 9 agua potable y 9 artículos de higiene personal. Y una misma persona podía necesitar varias de estas ayudas al mismo tiempo.
La Universidad que salió a la ciudad
Mientras Bienestar Universitario buscaba respuestas para quienes hacían parte de su comunidad, la emergencia planteaba otra pregunta fuera de ella. Después de un terremoto de esta magnitud, ¿cómo saber si era seguro volver a entrar a una casa o a un edificio?
Profesores, egresados y estudiantes pusieron entonces su conocimiento al servicio de una ciudad que necesitaba saber qué había ocurrido con sus edificaciones. Jeannette Zambrano Nájera, docente del Departamento de Ingeniería Civil de la Facultad de Ingeniería y Arquitectura, cuenta que entre 25 y 30 profesores se pusieron a disposición de la emergencia, a los que se sumaron 170 ingenieros civiles egresados, 35 arquitectos y estudiantes voluntarios.
“Las labores que nosotros hemos apoyado van desde evaluación de los daños estructurales en las edificaciones, desde valoraciones iniciales, evaluaciones más detalladas en aspectos críticos como aquellas estructuras que presentan riesgo de colapso”, explica la docente.
No todas las edificaciones requerían la misma mirada, algunas podían presentar daños menores; otras necesitaban evaluaciones más detalladas para establecer si existía riesgo de colapso. Por eso, además de revisar estructuras, los profesionales orientaron a los propietarios sobre qué hacer según las afectaciones encontradas.
Ese conocimiento también empezó a respaldar las decisiones de quienes coordinaban la emergencia. La Universidad brindó asesoría técnica a la Alcaldía de Manizales para el manejo y la validación de la información y la administración de los recursos destinados a atenderla. A este esfuerzo se sumaron ingenieros de la Sede Medellín y equipos de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, entre otros.
Así, mientras la Universidad acompañaba a su propia comunidad, también escuchaba a quienes necesitaban apoyo y aportaba conocimiento técnico allí donde una evaluación podía ayudar a tomar decisiones.
Pero la respuesta no ocurría solamente desde los equipos profesionales. En las calles de Manizales empezaban a aparecer otras formas de ayudar.
Sneyder Rodríguez Barona, profesora del Departamento de Ingeniería Química, recuerda una imagen que la conmovió especialmente: jóvenes movilizándose por las calles de Manizales con cascos y palas para ayudar a remover escombros.
“Fue impresionante ver cómo en las calles de Manizales brigadas de jóvenes con cascos y palas en mano se movilizaban buscando los edificios que necesitaban remover escombros”, relata.
Más tarde, cuando llegó al Coliseo para ofrecerse como voluntaria, encontró otra escena que, en medio de la tragedia, le devolvió algo de esperanza: “había muchos voluntarios y ver montañas de donaciones para las personas que necesitaban ayuda en ese momento”.
Para la docente, aquella respuesta decía mucho de la comunidad. “Creo que eso dice muchísimo de nosotros como seres humanos, como colombianos. Vemos aquí que realmente hay algo que es mucho más profundo que todo lo que hemos venido pensando de nosotros mismos. Es que la solidaridad, la empatía, las ganas de ayudar, eso es Colombia”.