Una encuesta aplicada a 1.761 jóvenes universitarios entre los 18 y 29 años reveló que la presión académica, la violencia interpersonal y la falta de apoyo social influyen directamente en los pensamientos suicidas. El estudio derivó en la propuesta “Conexiones vitales”, que impulsó a la Defensoría del Pueblo a convocar a 14 universidades del país para firmar un compromiso interinstitucional y construir una hoja de ruta nacional por la salud mental estudiantil.
La ideación suicida, entendida como la presencia de pensamientos sobre la posibilidad de hacerse daño o de ponerle fin a la vida, no surge de un problema personal aislado. Según el Instituto Nacional de Salud, en 2025 más de 28.000 personas en Colombia han intentado autolesionarse, en su mayoría mujeres y jóvenes de entre 15 y 29 años.
“Históricamente se ha entendido el riesgo suicida como responsabilidad del individuo, como si fuera consecuencia de una vulnerabilidad personal o de una enfermedad mental. Pero la evidencia muestra otra realidad”, señala la psicóloga Ángela Gissette Caro Delgado, doctora en Psicología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), quien desarrolló “Conexiones vitales”, una propuesta que explica la ideación suicida como resultado de la interacción entre factores sociales, interpersonales e individuales.
La propuesta cuestiona la mirada centrada exclusivamente en el diagnóstico clínico. Según la investigadora, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5) y la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) reconocen la ideación suicida como un síntoma, pero no explican en qué condiciones sociales, relacionales e institucionales surge, lo que históricamente ha limitado las estrategias de prevención.
Al respecto, la experta afirma que “no siempre quienes presentan ideación suicida tienen un trastorno mental, ni todos los diagnosticados desarrollan pensamientos suicidas. Eso muestra que el entorno también tiene un peso decisivo”.Tres niveles que explican el riesgo
Para construir la propuesta “Conexiones vitales”, la psicóloga Caro adaptó el modelo ecológico del psicólogo ruso Urie Bronfenbrenner, el cual examina la interacción entre la persona y su entorno, y la aplica a la comprensión de la salud mental universitaria. El enfoque consideró 3 niveles de análisis: social, interpersonal e individual, interconectados entre sí.
En el nivel social se evaluó el acceso a servicios de salud mental; en el interpersonal las experiencias de violencia y el apoyo social; y en el individual el consumo de sustancias, la depresión y la autoestima. La ideación suicida se analizó como la variable final, resultado de la interacción entre los 3 niveles.
La investigadora recorrió distintas facultades de una institución de educación superior y aplicó un cuestionario sobre relaciones interpersonales, apoyo social, consumo de sustancias y bienestar emocional a 1.761 jóvenes entre los 18 y 29 años.
Los resultados evidenciaron que el 61,5 % de los estudiantes consumen sustancias como cocaína, alcohol o cannabis como una forma de afrontar la presión académica, la falta de redes de apoyo o las relaciones hostiles en su entorno.
“Dicho consumo no es recreativo, es un mecanismo de afrontamiento. Cuando un estudiante llega sin redes se enfrenta a relaciones hostiles o a un ambiente muy competido, y esas tensiones terminan reflejándose en su bienestar emocional y en la forma en que intenta manejar el malestar”, explica la investigadora.
El análisis estadístico mostró que los 3 niveles están interrelacionados: el entorno social influye en la ideación suicida a través de las experiencias interpersonales, y estas impactan el nivel individual. El acceso a servicios de salud mental solo adquiere efecto significativo cuando se combina con la calidad de las relaciones sociales y el apoyo recibido.
El estudio identificó que la violencia interpersonal, la depresión y el consumo de sustancias se asocian directamente con la ideación suicida, mientras que el apoyo social, la autoestima y la atención psicológica oportuna actúan como factores protectores.
El enfoque demuestra que aspectos como la migración interna, la presión por el rendimiento, la violencia relacional y la fragilidad del sentido de comunidad tienen efectos acumulativos que derivan en desgaste emocional y pensamientos suicidas.
“Estas dinámicas no son excepcionales, sino comunes en diversas universidades del país, tanto públicas como privadas”, señala la experta.
Del aula a la política pública
El impacto del enfoque trasciende el ámbito académico. Tras la publicación de la investigación, la Defensoría del Pueblo convocó a distintas universidades del país, y el 21 de octubre se firmó un compromiso interinstitucional por la vida y la salud mental de la población universitaria.
Pocos días después, 14 instituciones de educación superior (IES) participaron en la construcción de una hoja de ruta orientada a fortalecer la prevención y el cuidado de la salud mental estudiantil, incorporando los hallazgos de la propuesta “Conexiones vitales”.
Por esta razón, este planteamiento se presenta como una herramienta de prevención para los decisores de las IES, y marca un punto de partida para abordar la salud mental universitaria desde una perspectiva de derechos, responsabilidad colectiva y transformación del entorno.
“La intención es que este conocimiento no se quede en la academia, sino que sirva para transformar las condiciones que afectan la vida de los estudiantes y fortalecer acciones concretas de prevención”, señala la investigadora.
El enfoque permite comprender la ideación suicida como el resultado de una cadena de factores que comienza mucho antes del pensamiento de hacerse daño. Por ello, la respuesta institucional no debe esperar la crisis, sino anticiparse con diagnósticos más completos y estrategias de prevención basadas en evidencia, adaptadas a cada comunidad universitaria, reconociendo que cuidar la salud mental también implica transformar el entorno.